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domingo, 22 de junio de 2014

Servicios públicos.



“En cualquier caso, nuestro desgobierno no afectará jamás, ni hoy ni nunca, a los servicios públicos básicos.” El dicharachero presidente disfrutaba arengado una vez más a la arruinada plebe desde su atalaya de oro. No respondió preguntas de ninguno de los medios allí presentes. Para qué, si estaban todos controlados por los diferentes ministerios. Dirigió su silla de ruedas hacia la puerta trasera, su favorita para salir de las ruedas de prensa incómodas, y le introdujeron en la ambulancia oficial. Su convalecencia estaba siendo larga y pesada, pero el equipo médico habitual le filtraba y cambiaba la sangre a diario y lo mantenía con carísimas terapias desarrolladas por investigadores patrios dispersos por el mundo. Afuera, las fuerzas de seguridad del estado empujaban y reprimían a todo aquel que osaba mirar de frente al vehículo albino. La muchedumbre clamaba a su gobernante justicia social, soluciones al drama de la hambruna, del paro. Ayudas a la salud pública. Todas las reclamaciones se enredaban entre porrazos y balas de goma y llegaban distorsionadas a sus cansados oídos. Demasiados años de gobierno absoluto. Desde dentro, el prócer corrió la cortinilla de la ventana trasera con la mano izquierda y pudo ver bajo la marquesina junto al café a un par de meretrices apenas mayores de edad que estaban siendo golpeadas por sus padrinos. “¿Ves?”, espetó a su vicepresidenta. “El pueblo es feliz. No sé a qué santo viene esta algarabía de cuatro antisistemas, no es un pueblo como Dios manda. No es un pueblo sumiso. Si tienen sus servicios públicos básicos garantizados…”

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