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sábado, 3 de noviembre de 2012

Noche de difuntos (I): la habitación encantada

No soy persona que crea en fenómenos sobrenaturales ni paranormales. Me gustan, me llaman la atención pero, por desgracia, siempre busco la explicación empírica que se esconde detrás de ellos en el noventa y nueve por ciento de las ocasiones. Noventa y nueve. Porque he vivido una en primera persona. Y como me han pedido una historia para este primero de noviembre, he decidido buscar en el uno por ciento de mis recuerdos. Normalmente se cuentan en las noches de difuntos historias terribles y espeluznantes, capaces de desencajar la mandíbula más fuerte y tumbar el ánimo más valiente. Historias casi “gore”, truculentas, perladas con gotas de sangre y adornadas con guirnaldas hechas de tripas y corazón. Yo no. Prefiero otro tipo de historias, más amables, menos truculentas. Soy un cobarde profesional, qué le voy a hacer. Así que he rebuscado en mis recuerdos, por si los tuviera recientes, y he encontrado lo que me pasó hace unos años, cuando era más joven aún que hoy. Yo tenía una abuela. A ver, todos tenemos abuelos, eso es cierto. Quiero decir que tuve la suerte de conocer a mis abuelas y hacerme amigo de ellas. De compartir la vida diaria y no verlas como señoras mayores gruñonas, sino como pozos sin fondo de sabiduría y paciencia. Bueno, pues un mal día, mi abuela paterna, tras un larguísimo periodo de cama, un lunes marcado en el calendario, despertó peor que otros. Pasé a saludarla antes de irme a trabajar, como cada día y, demente como estaba, me reconoció. “Fulgen”, me dijo, “lleva cuidado con la carretera, hoy vuelves temprano”. Yo trabajaba entonces en un pueblo a cincuenta kilómetros del mío, así que no le di más importancia que la de cualquier otra jornada. Pero a las dos horas de estar en mi puesto de trabajo, sonó mi teléfono y me dijeron que había fallecido. Sí, ese día iba a viajar mucho, porque tuve que volver a Molina antes de tiempo y además conducía nervioso, así que debía llevar cuidado con la carretera, como ella siempre me prevenía. Llegué a casa, saludé a la familia, todos estábamos muy afligidos. Pasó el velatorio, pasó el entierro. Pasaron los días de duelo, y mis tíos, mi padre y yo mismo, a petición de mi tía soltera que cuidó de mi abuela hasta su muerte, desmontamos el dormitorio donde había fallecido. Pinté su habitación y ayudé a reconvertirla en una salita de estar la mar de mona. Pero ¿Qué hacer con el mobiliario art decó de contrachapado de más de setenta años de antigüedad? ¿Dónde almacenar la pesada estructura de la cama, o el espejo gigante del armario? Así que todo fue a parar a un almacén viejo mientras que se decidía si se vendía, se daba o simplemente se tiraba. Por memoria a ella, les pedí a mis familiares que me lo regalaran. Yo vivía entonces en una casa de campo, también familiar, que a mi abuela nunca había gustado y que cuya compra había sido el motivo de la única pelea entre ella y mi abuelo, casi cuarenta años atrás. Toda mi familia lo vio bien, digo lo de regalarme el dormitorio (yo era el nieto favorito de mi abuela); yo también, así que en un par de fines de semana me llevé el conjunto amorfo de maderas y lo transformé, de nuevo, en un santuario del descanso. Las mesillas, los descalzadores, el arca, la cama y el armario. Todo en un nuevo uso, dispuestos a gozar de una segunda juventud. Lo dejé todo perfectamente encajado, incluyendo las llaves de las tres puertas del armario. Los días siguientes, ya verano, me dediqué a guardar bolsas rellenas de trajes, abrigos, jerséis de cuello vuelto y calcetines de lana. Y cerré el dormitorio, lo normal. En aquellos días largos de noches cortas mi mujer trabajaba fuera de Murcia, y debía estar casi siempre de viaje. Así que era normal que durmiera solo. Hasta que pasó lo que pasó. Una noche, con las ventanas abiertas aún a pesar de que en el campo hacía fresco de más, oí ladrar al perro. Normal. Pero luego lo oí llorar y rascar la puerta para entrar en la casa. Nunca lo dejaba entrar, no iba a ser una excepción esa noche. Le increpé desde la cama y, al levantarme para cerrar la ventana, escuché un crujido. Una bisagra, una madera. Bueno, estaba la ventana abierta y alguna otra más, una brisa podía mover una puerta. Pero cuando volví a sentir el metálico chirriar en mis oídos y un escalofrío recorrió mi cuerpo, digamos que no racionalicé tanto. Dos, tres chirridos más y un portazo. Se me heló la poca valentía que corre por mis venas. Intenté preguntar si había alguien allí, cosa estúpida porque sí había alguien. O algo, allí. Evidente, no hubo respuesta. Encendí la luz del dormitorio y me dirigí a la puerta. Salí a la cocina y encendí, también, la exigua bombilla. Dos. Por precaución, y por no dar un espectáculo mayor a la posible persona no personificada, decidí ir al baño y llegar aliviado a abrir el resto de puertas. Tres luces dejé encendidas. Y hubiera dejado todas las que había en la casa. Y fui habitación por habitación: en el salón, nada. En la habitación que hacía las veces de mi despacho, nada. Hasta que llegué a la recién decorada con los muebles de los años 30. Y abrí la puerta con decisión y di la luz. Las puertas del armario estaban abiertas como las tapas de un libro. La colcha tenía un ligero abultamiento pero, por lo demás, todo estaba bien. Entré, cerré una a una las puertas, las atranqué incluso y cerré la habitación. Pálido y tembloroso me fui a mi habitación y pasé el resto de esa primera noche de puertas abiertas solas sentado en el borde de mi cama, con la luz encendida, una linterna en la derecha (todo el mundo sabe lo útil que es una linterna en caso de tropezarte con una aparición) y el teléfono móvil en la izquierda, por si tenía que llamar a… ¿quién? Los chirridos volvieron un par de veces más, hasta que amaneció. A las siete menos cuarto me metí en la ducha, como todos los días, aunque con muchas horas de sueño menos. Al irme de la casa, esa mañana, volví a entrar en el dormitorio. Las puertas del armario estaban cerradas, así que deduje para mi intranquilidad que era un defecto de montaje, un problema de descompensaciones entre la humedad y el calor del día y de la noche o yo qué sé cuántas cosas más. Durante las siguientes noches en que dormí solo en la casa las puertas se abrían y cerraban al antojo de alguna extraña combinación de factores. Y después de esa noche, los días fueron semanas, y las semanas meses. Entrado el otoño, casi ya invierno, una de esas noches en las que ya estaba habituado al abrir y cerrar de las hojas del armario sin ningún motivo aparente sentí un frío excesivo en la casa. Estábamos recogiendo todas nuestras pertenencias, nos mudábamos. Y ni estufas, ni chimenea, ni calefactores ni mantas estaban ya disponibles. Un extraño helor se apoderaba de todo y, por supuesto, de esa habitación. Eran vísperas de un viaje largo, de un cambio mucho más profundo. Nos mudábamos. Dejábamos la casa de campo y nos íbamos a un moderno y funcional apartamento en el centro. Habíamos cargado el coche, era domingo a mediodía y ya solo nos quedaba cortar la luz y el agua de la casa. Entré por última vez en el dormitorio y allí, frente a mí, la hoja izquierda se abrió y se cerró sola. Me quedé clavado en el sitio. No era fruto de mi imaginación en absoluto. Casi a punto de liberar mis miedos en un grito volví a sentirme helado del todo. Y una ligerísima presión en mi mano izquierda me tranquilizó, extrañamente. Y no sé si fue fruto del recuerdo, o contacto con el más allá o una mezcla de todo. Pero recuerdo con total claridad una voz que me dijo, preocupada y sincera, algo muy familiar. La casa quedó cerrada durante unos años, hasta que una hermana mía la habitó también, y lo primero que hizo, fue desmontar el dormitorio de mi abuela, que hoy, envuelto en plástico, duerme en un trastero. Todo parecía olvidado, hasta hace un año o año y poco. Volvía yo de trabajar, un jueves o un viernes. Cansado de toda la semana, con un fuerte dolor de cabeza, de noche, los kilómetros caían casi de manera automática. En una curva o en un a recta, no recuerdo, creo que perdí la visión general, la radio perdió la onda y yo cerré los ojos. Estaba muy cansado. Y un golpe de volante y una gélida bocanada de aire que entró por las toberas de la calefacción me hicieron despertar. Casi me salgo de la carretera. Y ahí sí que recuerdo, alta y clara, la voz familiar y seria de la persona que me cuidaba y mimaba cuando crío, recriminándome de nuevo: “nene, ¿no te he dicho que lleves cuidado con la carretera?”

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