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domingo, 15 de julio de 2012

No negarás justicia al pobre (Ex 23,6)

Desde el magnífico púlpito de mármol de Carrara, el orondo religioso dirigía su mirada a Dios y su estómago a la primera fila, donde el barbado mandatario asentía ausente. El anillo obispal refulgía al cruzarse con el oro de los candiles de la Iglesia Catedralicia.

Éxodo 23, 6.
El erudito religioso exhortaba a la congregación:

“¿Cómo podemos dejar que esto esté pasando en nuestra gloriosa y milenaria y cristiana nación? ¿Cómo, insisto, podemos dormir tranquilos cuando hay miles de personas que cada día, cada hora, pierden su morada, su humilde morada, embargada por los bancos inmisericordes? Es hora y tiempo de que la Iglesia actúe como debería haberlo hecho antes, como lo hizo en el principio de los siglos: dando cobijo al desamparado, de vestir al desnudo y de comer al hambriento. No negaremos justicia al pobre”

Los parroquianos se miraron, extrañados. La fila uno, donde descansaban intranquilos los padres de la patria, crujió bajo el peso de la culpa. El obispo terminó:

“Así pues, apoyemos a los pobres accionistas de las cajas de ahorro intervenidas, de los bancos manipulados por esa Europa maligna y ajena, sigamos subvencionando la labor eclesiástica para que podamos seguir viviendo como hasta ahora”.

Los parroquianos suspiraron aliviados: no tendrían que reaccionar ni manifestarse ese domingo, durante la final de la Eurocopa. Todo seguiría igual.


Fulgencio García.

Papel mojado

El máximo representante de la confesión religiosa en el país entró en la sala de prensa. Desde que el pequeño jefe de estado hubo fallecido, casi cuarenta años atrás, nunca se había prestado tanta atención a unas declaraciones de un líder espiritual. Saludó y bendijo solo a algunos de los presentes y pidió que los enviados de los medios no afines se situaran un paso atrás en las bancadas de asistentes. Habituado al sedoso hábito, subió el escalón con elegancia y dejó ver sus sandalias de pescador de Prada. Se aclaró la voz con agua de balneario sin bendecir y golpeó un par de veces el micro con el índice anillado en oro. Se santiguó, besó la pesada cruz de marfil que vivía en su pecho, y procedió a dar el titular que recorrería el mundo, solucionaría los problemas de los pobres, haría a los ricos temblar y a los marginados llorar lágrimas de oro:

“Señores” –declamó –“la solución a la impresionante crisis que nos asola es bien fácil y siempre la hemos tenido al alcance de la mano. La caridad. La cualidad intrínseca al ser humano, es la vía de escape. La caridad y el apartarse de la codicia son las claves para superar la crisis.”

El estupor se sentó entre todos los asistentes de golpe y dejó que el silencio hiciera su aparición de la mano de él. Miró su Rolex, vio que ya era hora, indicó que ya había trabajado y dicho demasiado y, por el mismo sitio que entró, se fue a comer al club de campo que tanto agradaba a su queridísima sobrina.

Al día siguiente estalló la revolución.

Fulgencio García.

sábado, 14 de julio de 2012

Promesas cumplidas.



El líder de líderes, el prócer del magnífico estado multicultural, plurinacional y crisol de lenguas, se levantó de su escaño. Con la parsimonia del que sabe que la suerte está echada se subió al estrado, pidió el turno de palabra, y el Presidente del Congreso se la concedió. Qué remedio. Los LEDS verdes refulgieron sobre la marquetería de caoba y roble francés, y el barbado primer ministro comenzó su discurso. Recortó absolutamente todas las prestaciones sociales habidas y por haber. Hipó un par de veces durante las horas que duró su filípica; se atusó las luengas barbas y manipuló con descuido la montura de sus gafas. En la frase final, su índice acusador se dirigió a la cámara 1, la que retransmitía en directo para toda la nación. Y habló fuerte y claro:

“Estamos cumpliendo todas las promesas que no hicimos e incumpliendo las que hicimos. Pero salimos de la crisis. ¿No me creen? ¿En qué momento de nuestro programa electoral dijimos que sacaríamos a la ciudadanía de la crisis? ¿O al paisanaje? Solo prometimos, y hemos cumplido, que saldríamos de la crisis. Y nosotros hemos salido.”

La bancada azul del congreso prorrumpió en vítores y aplausos mientras la población se arrojaba en masa al vacío existencial.

Fulgencio García.

Código de barras

La Policía Nacional ha desmantelado al fin la banda de trata de blancas y prostitución que campa a sus anchas por nuestro país. Esperamos la visita del Delegado del Gobierno.
Mientras, sabemos que ya hay más de una docena de detenidos y centenares de acusados por complicidad, malversación de caudales públicos, tráfico de armas y de drogas. Hemos podido entrar en uno de los locales que regentaba esta banda en nuestra ciudad y hemos podido comprobar la sordidez de sus métodos de trabajo: las mujeres y algunos hombres eran sometidos a largas sesiones de aislamiento en habitaciones sin luz natural, para doblegar su voluntad. Cuando lo han conseguido, los llevaban a otra sala en las que se les tatuaban un código de barras en la nuca y se les implantaba un microchip en la oreja derecha para controlar tanto su disponibilidad como su localización. El Delegado del Gobierno ha entrado en el local hace unos pocos minutos y está hablando con los agentes. Le están comentando los métodos de control de personal y las tácticas basadas en el miedo y el adoctrinamiento a través de falsas consignas de necesariedad de los actos realizados. El Delegado del Gobierno asiente y toma notas. El Inspector jefe me señala con el dedo. El Delegado asiente de nuevo y me señala con el bolígrafo. Un tatuador acaba de entrar en la sala con su aguja esterilizada en la mano. El Delegado del Gobierno…


Fulgencio García.


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