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lunes, 11 de junio de 2012

Crecimiento exponencial

El viejo profesor de Economía recurría una y otra vez a las teorías maltusianas.
“Sí”, decía, “no es un error. Malthus no se equivocó. Simplemente no tuvo en cuenta todas las variables posibles en la formulación de su predicción de la hambruna.” Sus alumnos, el decano e incluso el rector estaban cada día más preocupados. El viejo profesor parecía enloquecer a pasos agigantados cada día, cada hora. Sus ojeras eran proverbiales y su miedo a la hambruna era el coco que atemorizaba a los niños pequeños. Pero él insistía: “no, la hipótesis es correcta, solo que no está bien formulada. No atemoricen a los niños, eso no servirá de nada. ¿Es que no lo ven con la claridad que yo lo veo?” E insistía: “¡Malthus tiene razón!”

Veinte años después la humanidad contemplaba el viejo y gastado planeta azul desde infinidad de estaciones espaciales a lo largo y ancho del sistema solar. La población estaba diezmada y se alimentaba directamente de sintetizadores de proteínas y vitaminas, como en las viejas cintas de ciencia ficción. Todos recordaban al profesor y comprendían ahora el alcance de sus palabras: lo que aumentó exponencialmente fue la cantidad de comida y con ella las bacterias e insectos que se alimentaban de los quintales de basura generados cada minuto. El planeta se había tornado inhabitable por el hedor de los millares de toneladas de comida en descomposición.




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Por el amor (a mi tercer abuelo)

“¡Por el amor!” La cristalina alegría del cava nos bañaba las gargantas. Recuerdo la nochevieja de mil novecientos ochenta y tantos, justo en el precipicio del cambio de década. Yo tendría catorce años o quince, no sé. Intenté por todos los medios que aquella fuera la primera fiesta en la que una corbata atenazara mi incipiente nuez y unas manos femeninas alguna que otra cosa, pero no conseguí convencer a ninguno de los autores de mis días. Y aquel señor simpático, vecino y familiar y, sin embargo, amigo, se empeñaba en disfrazarse y en hacernos olvidar a mi hermano y a mí la tremenda injusticia que se cometía contra nosotros. Y lo consiguió. Qué felicidad la de poder hablar y beber y reír como adultos, gracias a nuestro tercer abuelo, que nos protegía y alentaba siempre con una sonrisa.

Hoy, veinte años después, nos hemos juntado toda la familia. Primos lejanos, tíos perdidos, familiares y, sin embargo, amigos. Hemos reído, recordado viejas anécdotas e inventado algunas nuevas. Hemos traído algo de comer y de beber, y hemos vuelto a llenar copas y vasos con burbujas chispeantes y demás tópicos alcohólicos. Nos hemos reunido de nuevo y hemos brindado. “¡Por el amor!”, hemos dicho. Al fondo, en la última sala del tanatorio, mi tercer abuelo duerme ya su última siesta. Me he acercado a despedirme, con el amargo sabor del adiós en mi mirada. Y, voto a bríos, que mientras que le miraba fijamente a través de la ventana y trataba de componer un par de frases en mi mente, creo que, al vernos a todos juntos, ha vuelto a sonreír.

Derroche

Los petardos y las carretillas empolvaban el rostro de la mediterránea ciudad. Los azahares y jazmines perfumaban con derroche los pintorescos y tradicionales trajes de gala, brillantes, esplendorosos, como recién salidos de una película. Las bandas musicales de barrio armonizaban con el rugido atronador de las tracas y los niños de bien reían al sol de primavera. Bajo el balcón en el que las reinas seniles, juveniles e infantiles rivalizaban en oropeles y escapularios y rosas prendidas y claveles reventones, los antidisturbios mantenían la paz y la tranquilidad de los dirigentes bienhechores de la comunidad. De repente, un terrorista, un enemigo, se acercó a ellos amenazante. Un libro abierto, una edición ilustrada de “El Quijote”, cayó sobre la cabeza de la muchacha más joven. Gritó ésta, y sus pulmones rompieron la capa de sordos estruendos de pólvora y los modernos caballeros descargaron sus porras y sus frustraciones sobre las imberbes caras de los estudiantes de molinos. La música atronó y los dirigentes miraron, como siempre, hacia otro lado.

“Solo queremos poder ir a clase…” fue la última frase que el barbilampiño pudo pronunciar con todos sus dientes ordenados.

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