Visitas desde la apertura

viernes, 27 de abril de 2012

MISSION: IMPOSSIBLE

La tradicional banda sonora atronaba los oídos dentro de la furgoneta negro carbón. Los integrantes del comando no dejaban de mirar al frente muy concentrados. No se conocían entre ellos; habían sido reclutados por el líder a través de las redes sociales y coordinados por una emisora de radio clandestina. Todos los rostros se ocultaban tras pasamontañas de oferta de una multinacional del deporte. La melodía machacaba sus pensamientos y los fijaba en el objetivo: conseguir la mercancía costara lo que costara. Llegaron y dejaron la furgoneta junto a la pared, a oscuras. Un enorme muro coronado con alambre de espino impedía el paso a los amigos de lo ajeno. Tras la bíblica corona del ladrillo, un ejército privado custodiaba las codiciadas obras. Era necesario entrar y sacar el máximo botín posible, ya que sus vidas dependían de ello. Treparon a duras penas, cortaron alambre y se descolgaron con pericia. Atravesaron el patio, desactivaron las alarmas y franquearon la puerta trasera. Llegaron a la caja principal. Hormigón armado, acero sueco… Pero nada podía detenerlos, su desesperación era tal que estaban dispuestos a dejarse la vida, la piel, los huesos en la acción suicida. De pronto un cortocircuito inoportuno hizo saltar las sirenas. Se dispersaron. Dos huyeron hacia el sur del edificio, uno hacia el norte y los dos restantes fueron capturados con parte del tesoro. El ejército privado los retuvo hasta que llegó el director de la empresa. Quitó uno de los pasamontañas. “¿Papá?”, exclamó el asombrado ejecutivo de la multinacional farmacéutica. El anciano, magullado y humillado, le escupió a la cara. “Los políticos y tú podéis quitarnos las aspirinas pero… ¡Las prótesis de cadera son nuestras!”

sábado, 21 de abril de 2012

Servicio público.

“¿Cuánto?” “Cien y la cama, sábanas aparte” Avergonzado, a mis treinta y ocho años, no pude sino aceptar. Con una inclinación de cabeza. No podía pagar por el de lujo, así que me tuve que conformar con eso. Busqué entre mis bolsillos y pude reunir la cantidad. Un puñado de billetes sudados, alguna moneda y mi paquete de rubio americano me abrieron las puertas de la salvación. La joven de cara hastiada y pelo graso me hizo una señal después de contar el dinero. Me dio un paquete con las sábanas y, rápido, la seguí por los intrincados pasillos del edificio. Sorteé todo tipo de desgracias y basura. El hedor era el que se suele describir en los cuentos de miedo. Alcohol, drogas, sudor se apretaban en mi nariz y saturaban mi cerebro. Una mano me rozó la pernera derecha, y salté sin ver qué iba a aplastar al caer. Una rata chilló, más asustada que yo, y corrió hacia ninguna parte dejando un camino de gotas carmesí. Llegamos. La chica de ojos rojos y mirada vidriosa me hizo entrar y desnudarme. Solo, en medio de la inmundicia, sentí el escalofrío del primerizo. “Tranquilo”, me dijo mientras lavaba el instrumental bajo un grifo oxidado. “Relájate y disfruta. Desde los recortes de 2012 en el servicio público de salud, todos tienen miedo en su primera colonoscopia sin sedación.” Recordé aquellos compromisos políticos. Me acosté, cerré los ojos, flexioné las piernas y aguanté la respiración.

domingo, 15 de abril de 2012

Viejo orden mundial

Vía decreto ley cayeron, uno tras otro, los derechos adquiridos a lo largo de la Historia. Empezaron por el subsidio, siguieron por la sanidad y la educación y terminaron con todos los demás. Hasta que llegaron a la Ley de Regulación del Descanso Semanal. Más de un siglo de antigüedad y el ser un derecho mundial no les impidió atajarla. Pero no para ellos. Ellos sí mantendrían su séptimo día inhábil para consagrarlo a su dios, a sus familias, a sus nobles tareas de gobierno, pero obligaron a todos los comercios, a todas las fábricas, a todos los negocios a que abolieran esa prebenda absurda de asueto dominical. Fue el pináculo de su carrera. El Primer Ministro, escoltado por su Consejo refrendó la norma con su mayoría absoluta y el monarca del país la firmó, sin más atención que la que se le presta a un nieto polvorilla. Con esa magnífica bula en mano, habló a la nación a través de todos los medios y anunció lo que los mercados esperaban desde hacía meses. “Señores”, dijo en un alarde de incorrección política. “Queda legalizada la esclavitud, por obra y gracia de la crisis que ustedes mismos han provocado.” No hizo falta que dijera nada más.

Al día siguiente la bolsa central del país se desplomó y obligó al Consejo de Ministros a aprobar la venta en masa de bosques, playas, aeropuertos vacíos y ríos a los distintos Holdings presididos por ex ministros y ex presidentes. En aquel país, después de siglos de historia, el sol se puso para siempre.

Fulgencio S. García.

Follow by Email