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sábado, 3 de noviembre de 2012

Noche de difuntos (I): la habitación encantada

No soy persona que crea en fenómenos sobrenaturales ni paranormales. Me gustan, me llaman la atención pero, por desgracia, siempre busco la explicación empírica que se esconde detrás de ellos en el noventa y nueve por ciento de las ocasiones. Noventa y nueve. Porque he vivido una en primera persona. Y como me han pedido una historia para este primero de noviembre, he decidido buscar en el uno por ciento de mis recuerdos. Normalmente se cuentan en las noches de difuntos historias terribles y espeluznantes, capaces de desencajar la mandíbula más fuerte y tumbar el ánimo más valiente. Historias casi “gore”, truculentas, perladas con gotas de sangre y adornadas con guirnaldas hechas de tripas y corazón. Yo no. Prefiero otro tipo de historias, más amables, menos truculentas. Soy un cobarde profesional, qué le voy a hacer. Así que he rebuscado en mis recuerdos, por si los tuviera recientes, y he encontrado lo que me pasó hace unos años, cuando era más joven aún que hoy. Yo tenía una abuela. A ver, todos tenemos abuelos, eso es cierto. Quiero decir que tuve la suerte de conocer a mis abuelas y hacerme amigo de ellas. De compartir la vida diaria y no verlas como señoras mayores gruñonas, sino como pozos sin fondo de sabiduría y paciencia. Bueno, pues un mal día, mi abuela paterna, tras un larguísimo periodo de cama, un lunes marcado en el calendario, despertó peor que otros. Pasé a saludarla antes de irme a trabajar, como cada día y, demente como estaba, me reconoció. “Fulgen”, me dijo, “lleva cuidado con la carretera, hoy vuelves temprano”. Yo trabajaba entonces en un pueblo a cincuenta kilómetros del mío, así que no le di más importancia que la de cualquier otra jornada. Pero a las dos horas de estar en mi puesto de trabajo, sonó mi teléfono y me dijeron que había fallecido. Sí, ese día iba a viajar mucho, porque tuve que volver a Molina antes de tiempo y además conducía nervioso, así que debía llevar cuidado con la carretera, como ella siempre me prevenía. Llegué a casa, saludé a la familia, todos estábamos muy afligidos. Pasó el velatorio, pasó el entierro. Pasaron los días de duelo, y mis tíos, mi padre y yo mismo, a petición de mi tía soltera que cuidó de mi abuela hasta su muerte, desmontamos el dormitorio donde había fallecido. Pinté su habitación y ayudé a reconvertirla en una salita de estar la mar de mona. Pero ¿Qué hacer con el mobiliario art decó de contrachapado de más de setenta años de antigüedad? ¿Dónde almacenar la pesada estructura de la cama, o el espejo gigante del armario? Así que todo fue a parar a un almacén viejo mientras que se decidía si se vendía, se daba o simplemente se tiraba. Por memoria a ella, les pedí a mis familiares que me lo regalaran. Yo vivía entonces en una casa de campo, también familiar, que a mi abuela nunca había gustado y que cuya compra había sido el motivo de la única pelea entre ella y mi abuelo, casi cuarenta años atrás. Toda mi familia lo vio bien, digo lo de regalarme el dormitorio (yo era el nieto favorito de mi abuela); yo también, así que en un par de fines de semana me llevé el conjunto amorfo de maderas y lo transformé, de nuevo, en un santuario del descanso. Las mesillas, los descalzadores, el arca, la cama y el armario. Todo en un nuevo uso, dispuestos a gozar de una segunda juventud. Lo dejé todo perfectamente encajado, incluyendo las llaves de las tres puertas del armario. Los días siguientes, ya verano, me dediqué a guardar bolsas rellenas de trajes, abrigos, jerséis de cuello vuelto y calcetines de lana. Y cerré el dormitorio, lo normal. En aquellos días largos de noches cortas mi mujer trabajaba fuera de Murcia, y debía estar casi siempre de viaje. Así que era normal que durmiera solo. Hasta que pasó lo que pasó. Una noche, con las ventanas abiertas aún a pesar de que en el campo hacía fresco de más, oí ladrar al perro. Normal. Pero luego lo oí llorar y rascar la puerta para entrar en la casa. Nunca lo dejaba entrar, no iba a ser una excepción esa noche. Le increpé desde la cama y, al levantarme para cerrar la ventana, escuché un crujido. Una bisagra, una madera. Bueno, estaba la ventana abierta y alguna otra más, una brisa podía mover una puerta. Pero cuando volví a sentir el metálico chirriar en mis oídos y un escalofrío recorrió mi cuerpo, digamos que no racionalicé tanto. Dos, tres chirridos más y un portazo. Se me heló la poca valentía que corre por mis venas. Intenté preguntar si había alguien allí, cosa estúpida porque sí había alguien. O algo, allí. Evidente, no hubo respuesta. Encendí la luz del dormitorio y me dirigí a la puerta. Salí a la cocina y encendí, también, la exigua bombilla. Dos. Por precaución, y por no dar un espectáculo mayor a la posible persona no personificada, decidí ir al baño y llegar aliviado a abrir el resto de puertas. Tres luces dejé encendidas. Y hubiera dejado todas las que había en la casa. Y fui habitación por habitación: en el salón, nada. En la habitación que hacía las veces de mi despacho, nada. Hasta que llegué a la recién decorada con los muebles de los años 30. Y abrí la puerta con decisión y di la luz. Las puertas del armario estaban abiertas como las tapas de un libro. La colcha tenía un ligero abultamiento pero, por lo demás, todo estaba bien. Entré, cerré una a una las puertas, las atranqué incluso y cerré la habitación. Pálido y tembloroso me fui a mi habitación y pasé el resto de esa primera noche de puertas abiertas solas sentado en el borde de mi cama, con la luz encendida, una linterna en la derecha (todo el mundo sabe lo útil que es una linterna en caso de tropezarte con una aparición) y el teléfono móvil en la izquierda, por si tenía que llamar a… ¿quién? Los chirridos volvieron un par de veces más, hasta que amaneció. A las siete menos cuarto me metí en la ducha, como todos los días, aunque con muchas horas de sueño menos. Al irme de la casa, esa mañana, volví a entrar en el dormitorio. Las puertas del armario estaban cerradas, así que deduje para mi intranquilidad que era un defecto de montaje, un problema de descompensaciones entre la humedad y el calor del día y de la noche o yo qué sé cuántas cosas más. Durante las siguientes noches en que dormí solo en la casa las puertas se abrían y cerraban al antojo de alguna extraña combinación de factores. Y después de esa noche, los días fueron semanas, y las semanas meses. Entrado el otoño, casi ya invierno, una de esas noches en las que ya estaba habituado al abrir y cerrar de las hojas del armario sin ningún motivo aparente sentí un frío excesivo en la casa. Estábamos recogiendo todas nuestras pertenencias, nos mudábamos. Y ni estufas, ni chimenea, ni calefactores ni mantas estaban ya disponibles. Un extraño helor se apoderaba de todo y, por supuesto, de esa habitación. Eran vísperas de un viaje largo, de un cambio mucho más profundo. Nos mudábamos. Dejábamos la casa de campo y nos íbamos a un moderno y funcional apartamento en el centro. Habíamos cargado el coche, era domingo a mediodía y ya solo nos quedaba cortar la luz y el agua de la casa. Entré por última vez en el dormitorio y allí, frente a mí, la hoja izquierda se abrió y se cerró sola. Me quedé clavado en el sitio. No era fruto de mi imaginación en absoluto. Casi a punto de liberar mis miedos en un grito volví a sentirme helado del todo. Y una ligerísima presión en mi mano izquierda me tranquilizó, extrañamente. Y no sé si fue fruto del recuerdo, o contacto con el más allá o una mezcla de todo. Pero recuerdo con total claridad una voz que me dijo, preocupada y sincera, algo muy familiar. La casa quedó cerrada durante unos años, hasta que una hermana mía la habitó también, y lo primero que hizo, fue desmontar el dormitorio de mi abuela, que hoy, envuelto en plástico, duerme en un trastero. Todo parecía olvidado, hasta hace un año o año y poco. Volvía yo de trabajar, un jueves o un viernes. Cansado de toda la semana, con un fuerte dolor de cabeza, de noche, los kilómetros caían casi de manera automática. En una curva o en un a recta, no recuerdo, creo que perdí la visión general, la radio perdió la onda y yo cerré los ojos. Estaba muy cansado. Y un golpe de volante y una gélida bocanada de aire que entró por las toberas de la calefacción me hicieron despertar. Casi me salgo de la carretera. Y ahí sí que recuerdo, alta y clara, la voz familiar y seria de la persona que me cuidaba y mimaba cuando crío, recriminándome de nuevo: “nene, ¿no te he dicho que lleves cuidado con la carretera?”

martes, 18 de septiembre de 2012

Notas de verano dosmildoce (3, y ¿final?)

Nota 16:

Otro día, por casualidad casual, cenamos en casa de M., con E., A. y los vástagos J. y M.. Toca piscina, hacer al cafre, cenar tranquilo, reírnos mucho, hacer el cafre más todavía y “yintonico de ginebra”. Pues mira, el caso es que también es vacacionear el salir de la rutina y el cambiar ordenadores y albaranes por cervezas y risas. Qué bien le salió la cena a A. y a E. Y los “yintonicos” a M. Lo demás que salió bien, una parte es gracias a J. y M. y otra se lo debo a D. Y pare usted de contar. Porque es más fácil estar que ser, estuve feliz. Mira qué bien.

Nota 17:

Dicen que digo pocas cosas graciosas de mis tres semanas de gandulería extrema. Pues sí, pero es que este año me han pasado menos cosas graciosas. Qué quieres, ya me gustaría a mí vivir en un chiste continuo. Pero la realidad es la que es.




Nota 18:

¡HABEMUS PAPAM! Lo que viene siendo un viaje, es lo que hemos tenido. D., con su habitual cabezonería, ha conseguido una casita rural más maja que las pesetas en un pueblito bueno. Es viernes, son los treinta y ocho grados habituales, estamos en medio de la ola de calor africano número equis de este estío y el pueblito anuncia fuentes, ríos, verde, que queremos verde. Verde agua, verde olivo. Es pensar en Andalucía y me sale el juanramonismo y el garcialorquismo por las orejas. Y si me apuras, hasta el albertismo. El lagarto y la lagarta, con nuestros delantalitos, blancos, como el pueblo.

Nota 19:

La carretera termina donde empieza el pueblo. El río nace donde termina la carretera, y discurre por los capilares de las cuestas irrigando las células blancas donde moran los indígenas y dando vida al silencio, solo interrumpido por la risa cristalina de algún niño. El celeste se mezcla con el verdín y con el marrón. Es demasiado perfecto. ¿Dormido? ¿Durmiendo?

Nota 20:

Esta primera noche no he podido dormir del estruendoso silencio. Intento conciliar el sueño de cualquier manera. Sí, de cualquier manera. Hasta que un “¿qué haces?” femenino y sorprendido deja helados los muelles de la cama. “Nada”, respondo, “busco la forma de dormir”. Pues eso.

Nota 21:

Escalera arriba, escalera abajo voy subiendo muy despacio. El primer día casi me ahogo. El último salto los escalones de dos en dos. La casa es vertical, el pueblo es vertical, el río horizontal. Aunque - en realidad- es un paisaje fractal ya que es imposible de una forma matemática euclidiana el calcular el área y volumen de sus montañas y caminos. Y sí, debo leer menos libros de física y más de poesía si quiero disfrutar de este rincón del alma.

Nota 22:

Aunque me extiendo en exceso en las notas del pueblito bueno (como lo llama J.), no puedo evitarlo. Hoy, por ejemplo, he visto cómo las señoras mayores se juntan en corro para ir al lavadero y, amén de lavar sus ropas, hacen de comadres como mandan los cánones. D. ha llegado con su trozo de buena intención para lavar sus intimidades más coloradas y ellas, al vernos, nos han dejado jabón casero, nos han contado algún que otro chismorreo y han concluido, tras las preguntas pertinentes, que somos forasteros, no extranjeros. Hasta en la no pertenencia a un entorno hay clases. Me siento y las veo lavar, como me contaba mi abuela que hacía, y he extrañado su voz dulce, sus historias, su charla cómplice. Me he sentido un poquito solo otra vez, hasta que una de ellas me ha preguntado que qué es la colada esa que dice D. que tiene que hacer. Me he sonreído por fuera mientras por dentro una lagrimita se me ha resbalado por el recuerdo.

Nota 23:

Hemos cogido las bicicletas, las hemos cargado en el coche y nos hemos llegado al pantano. Hay una ruta suave, húmeda, fresca, que lo rodea. Como un Piraña cualquiera me subo en mi velocípedo y D. también. Nos dejamos caer por cuestas, cruzamos charcos, nos metemos hasta la rodilla y subimos hasta donde nos llevan las piernas. Hay unos baños, se llaman Melegís. Pues sí, hay una pareja que, aunque están cerrados al público, los han elegido. Hacemos mutis por el foro, sin casi respirar. Que a nadie agrada una interrupción.

Nota 24:

Los días van sucediéndose como la vida misma, sin pausa, sin prisa, milimetrados. Excursionamos, leemos, escribo. Un cuento. La mies es escasa y el bracero, mucho. O al revés. Leo cuentos de Hemingway. Uno de ellos describe con precisión la muerte de un torero. Oigo la acequia de debajo de la casa y siento que es la sangre perdida a borbotones por la femoral abierta. Huelo el óxido de una arqueta y el sabor metálico del fluido vital inunda mi boca. Levanto la cabeza de súbito y solo veo una luz blanca. Pienso en la muerte con la misma naturalidad con que la describe él. Queda un día menos para volver a mi realidad.

Nota 25:

Sí, la dichosa rima. Volvemos a casa. El coche está cargado, la casa vacía. Vienen S. y J. y nos regalan una botella de vino, que es como se despide a un conocido y se saluda al amigo. Nos queda el recuerdo de aguas pasadas, que ya no mueven molino, y de los verdes eternos, de las almendras que lleva D. en la mochila. Nos abrazamos y tiembla la tierra. Nos decimos cursiladas, pero los vecinos nos bajan de la nube: un terremoto de grado 3. Es la forma que tiene el pueblito de decirnos adiós. O eso creo. Ya falta menos para el verano próximo. ¿Aguantaré?

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Notas de verano dosmildoce (2)

Nota 9:

Como otros años, el orden de la crónica es cronoilógico. Hoy, que es mucho antes de la búsqueda del viaje y de la emisión televisiva, hemos excursionado por la región. Unos amigos nos invitan a descubrir parajes inhóspitos y sorprendentes y con agua a escasos cuarenta minutos de nuestro feo pueblo. Y es así: la pequeña Palestina, le dicen al paraje. Palmeras, cañones excavados por un río lleno de cangrejos y peces y aguas cristalinas… Y ni una persona. Bueno, dos. Pero son inglesas. ¿Cómo hacen los guiris para encontrar estos paraísos escondidos antes que los propios indígenas? ¿Vienen con GPS de serie, acaso?

Nota 10:

¡Y hemos descubierto y disfrutado las Lagunas de Molina! A este paso me tendré que colocar el salacot cada vez que salga de casa. Ya oigo la frase histórica: “Fulgen Livingstone, supongo”, me dirán.

Nota 11:

En la excursión a través de la pequeña Palestina hemos ido mi mujer y yo, claro. Y unos amigos y sus hijos. En una de las pozas de cristal líquido un desconocido bicho ha atacado a mi costilla y le ha proporcionado una marca indeleble en el abdomen; un mordisco o una picadura, no sabemos. A día de hoy, casi un mes después, todavía se plantea si ha de ir al médico o no. Y el bicho también.

Nota 12:

Es bueno estar de vacaciones, aunque sean caseras (nota mental: esto es para justificar y aplacar el ansia viajadora que nos invade. En realidad, estamos que nos viajamos encima).

Nota 13:

Al final hemos hinchado las ruedas de las bicis, engrasado las cadenas y disfrutado del paisaje durante los días de playa. Hemos visto un yacimiento romano al ladito mismo de la carretera que no puede seguir siendo investigado porque la mitad pertenece a Murcia y la otra mitad a Alicante, y la Historia entra en conflicto con la Administración descentralizada moderna y ¿democrática? Todos satisfechos con la excursión en bici. Excepto mi culo. El sillín llega, en su desvergüenza, hasta límites insospechados por mí. Hasta ahí, y casi que más allá.

Nota 14:

Mucha playa pero pocas tetas. Quiero decir. Se nota que hay menos gente de vacaciones que otros años: se puede aparcar con comodidad, los restaurantes tienen mesas libres, en la playa puedes buscar un sitio en condiciones y el nivel de tetas al aire es menor del esperado. Eso sí, muchas más naturales que siliconadas. Quizá la presión fiscal a la que nos someten tenga algo que ver. Mientras esto pienso, disfruto de la visión de un par espectacular. Qué bien se está de vacaciones.

Nota 15:

Esas son de silicona, y las miran hasta las chicas. Qué feas son. Son pezoestrábicas, desafiantes, demasiado tamboriles y morenas en exceso. El maromo que las acompaña y protege tiene un número “n” de músculos directamente proporcional a la falta evidente de neuronas y al número de tatuajes tribales sin sentido. El morenor es el mismo en ambos elementos sometidos a estudio. Sheldon Cooper, vuelve.


martes, 11 de septiembre de 2012

Notas de verano dosmildoce (1)

Nota 1:

Primer día de vacaciones. No me lo creo. He pasado el viernes por la tarde en éxtasis, por la noche en Babia y el sábado por la mañana en la playa. La playa. El reencuentro con las posidonias, las gaviotas, el salitre y los top less. Y el chiringuito. Cuatro cañas después el sueño empieza a ser posible. Sin viaje aventura a la vista por ninguna banda, se avecinan vacaciones de abanico y barreño con agua fría y de turismo gorrón. Me consuelo mientras rememoro mis notas de otros años. El pescaíto frito me trae a la realidad inmediata: me falta cerveza.

Nota 2:

Han debido pasar dos días para que sea consciente de que soy un inconsciente. Leer, escribir, leer, salir, montar en bici, andar, pasear, andar, montar en bici, salir, leer. El nivel de actividad auto impuesto me abruma y desmoraliza. ¿Seré tonto? No doy abasto y tengo agujetas.

Nota 3:

Dos noticias buenas, a cual mejor: saldré en la tele y seré tío, esta vez de mi hermana pequeña. Espero que no coincidan los eventos en el tiempo. Sigo en casa de vacaciones;, cambio el agua del barreño para los pies cada dos o tres horas. El aire acondicionado resopla como Moby Dick cada vez que le pido un grado menos.

Nota 4:

Martes, ni te cases ni te embarques. Pues hemos salido en la tele y hemos sido tíos. Dos de dos, el mismo día casi a la misma hora. Coincidencia feliz. El niño viene con un cátodo bajo el brazo. Felicidades. Para celebrarlo, nos vamos a la playa. A montar en bici, a leer, a andar… ¿Escribir? Lo prometí, pero...

(A la vista de mi estrellada actuación televisiva, un amigo comenta que quién es la cariátide que D. ha llevado a la pequeña pantalla. Miro la emisión y, extrañamente, la griega figura se parece a mí.)

Nota 5:

Hoy volvemos a la playa; mi hermana mayor nos espera con sus dos hijas. Mis sobrinas de cinco y dos años son dos fenómenos. En lontananza las vemos: la mayor corre desnuda y baila al son de lo que suena dentro de su cabeza mientras la pequeña come arena con fruición y, diría, deleite. Sus padres miran, distríados, a ninguna parte. Nos acercamos a ellas entre risas y las crías nos saludan con su habitual desparpajo infantil. A la pregunta de por qué la mayor va “en culo” y la pequeña no, nos responde la susodicha: “ayer vi a un señor gordo con el “pajarito” al aire; le pregunté a mi mamá que por qué iba el señor en culo; ella me respondió que en esta playa se puede. Así que yo voy en culo. ¿Quieres ir tú en culo, tío Fulgen?” Suspense.

Nota 6:

Burla burlando van casi dos semanas de vacaciones, y no hay nada reseñable. Empero, llevo cinco notas. Eso quiere decir que, o bien mis ganas de exhibirme son escandalosamente exhibicionistas, o que en realidad hago historias de granos de letras. Es miércoles, y el calor aprieta más que Dios. En el ecuador del periodo de gandulería sostenida por la empresa, el Estado o la VISA, nos armamos de valor y decisión. Vamos a buscar un viaje.

Nota 7:

Buscando al viaje desesperadamente. Verdad azul, nena. Va para largo.

Nota 8:

Estamos otra vez en la casita familiar de la playa. Hemos ido como las luces naranjas, día sí, día no. Hoy ha amanecido septiembre más que agosto, y llueve. Hemos cogido el coche y nos hemos acercado al bar inglés. “Tú ínglis brécfas, por lo que valgan”. El tío se olvida de nosotros, atiende a los indígenas guiris antes que a los indígenas murcianos y, cuando se da cuenta del error, lo trae de inmediato entre miles de apóloyáis y sorris. Y nos los hemos tomado casi a la hora de la cerveza. Yo, de natural compulsivo y organizado, me he puesto nervioso. Tomar un huevo frito con bacón y alubias a la hora de la caña con marinera es algo harto confuso para mí. Hemos engullido y corriendo, de nuevo, de vuelta a casa, porque tenemos que volver al pueblo: estamos a punto de saber si hay viaje o no.

domingo, 15 de julio de 2012

No negarás justicia al pobre (Ex 23,6)

Desde el magnífico púlpito de mármol de Carrara, el orondo religioso dirigía su mirada a Dios y su estómago a la primera fila, donde el barbado mandatario asentía ausente. El anillo obispal refulgía al cruzarse con el oro de los candiles de la Iglesia Catedralicia.

Éxodo 23, 6.
El erudito religioso exhortaba a la congregación:

“¿Cómo podemos dejar que esto esté pasando en nuestra gloriosa y milenaria y cristiana nación? ¿Cómo, insisto, podemos dormir tranquilos cuando hay miles de personas que cada día, cada hora, pierden su morada, su humilde morada, embargada por los bancos inmisericordes? Es hora y tiempo de que la Iglesia actúe como debería haberlo hecho antes, como lo hizo en el principio de los siglos: dando cobijo al desamparado, de vestir al desnudo y de comer al hambriento. No negaremos justicia al pobre”

Los parroquianos se miraron, extrañados. La fila uno, donde descansaban intranquilos los padres de la patria, crujió bajo el peso de la culpa. El obispo terminó:

“Así pues, apoyemos a los pobres accionistas de las cajas de ahorro intervenidas, de los bancos manipulados por esa Europa maligna y ajena, sigamos subvencionando la labor eclesiástica para que podamos seguir viviendo como hasta ahora”.

Los parroquianos suspiraron aliviados: no tendrían que reaccionar ni manifestarse ese domingo, durante la final de la Eurocopa. Todo seguiría igual.


Fulgencio García.

Papel mojado

El máximo representante de la confesión religiosa en el país entró en la sala de prensa. Desde que el pequeño jefe de estado hubo fallecido, casi cuarenta años atrás, nunca se había prestado tanta atención a unas declaraciones de un líder espiritual. Saludó y bendijo solo a algunos de los presentes y pidió que los enviados de los medios no afines se situaran un paso atrás en las bancadas de asistentes. Habituado al sedoso hábito, subió el escalón con elegancia y dejó ver sus sandalias de pescador de Prada. Se aclaró la voz con agua de balneario sin bendecir y golpeó un par de veces el micro con el índice anillado en oro. Se santiguó, besó la pesada cruz de marfil que vivía en su pecho, y procedió a dar el titular que recorrería el mundo, solucionaría los problemas de los pobres, haría a los ricos temblar y a los marginados llorar lágrimas de oro:

“Señores” –declamó –“la solución a la impresionante crisis que nos asola es bien fácil y siempre la hemos tenido al alcance de la mano. La caridad. La cualidad intrínseca al ser humano, es la vía de escape. La caridad y el apartarse de la codicia son las claves para superar la crisis.”

El estupor se sentó entre todos los asistentes de golpe y dejó que el silencio hiciera su aparición de la mano de él. Miró su Rolex, vio que ya era hora, indicó que ya había trabajado y dicho demasiado y, por el mismo sitio que entró, se fue a comer al club de campo que tanto agradaba a su queridísima sobrina.

Al día siguiente estalló la revolución.

Fulgencio García.

sábado, 14 de julio de 2012

Promesas cumplidas.



El líder de líderes, el prócer del magnífico estado multicultural, plurinacional y crisol de lenguas, se levantó de su escaño. Con la parsimonia del que sabe que la suerte está echada se subió al estrado, pidió el turno de palabra, y el Presidente del Congreso se la concedió. Qué remedio. Los LEDS verdes refulgieron sobre la marquetería de caoba y roble francés, y el barbado primer ministro comenzó su discurso. Recortó absolutamente todas las prestaciones sociales habidas y por haber. Hipó un par de veces durante las horas que duró su filípica; se atusó las luengas barbas y manipuló con descuido la montura de sus gafas. En la frase final, su índice acusador se dirigió a la cámara 1, la que retransmitía en directo para toda la nación. Y habló fuerte y claro:

“Estamos cumpliendo todas las promesas que no hicimos e incumpliendo las que hicimos. Pero salimos de la crisis. ¿No me creen? ¿En qué momento de nuestro programa electoral dijimos que sacaríamos a la ciudadanía de la crisis? ¿O al paisanaje? Solo prometimos, y hemos cumplido, que saldríamos de la crisis. Y nosotros hemos salido.”

La bancada azul del congreso prorrumpió en vítores y aplausos mientras la población se arrojaba en masa al vacío existencial.

Fulgencio García.

Código de barras

La Policía Nacional ha desmantelado al fin la banda de trata de blancas y prostitución que campa a sus anchas por nuestro país. Esperamos la visita del Delegado del Gobierno.
Mientras, sabemos que ya hay más de una docena de detenidos y centenares de acusados por complicidad, malversación de caudales públicos, tráfico de armas y de drogas. Hemos podido entrar en uno de los locales que regentaba esta banda en nuestra ciudad y hemos podido comprobar la sordidez de sus métodos de trabajo: las mujeres y algunos hombres eran sometidos a largas sesiones de aislamiento en habitaciones sin luz natural, para doblegar su voluntad. Cuando lo han conseguido, los llevaban a otra sala en las que se les tatuaban un código de barras en la nuca y se les implantaba un microchip en la oreja derecha para controlar tanto su disponibilidad como su localización. El Delegado del Gobierno ha entrado en el local hace unos pocos minutos y está hablando con los agentes. Le están comentando los métodos de control de personal y las tácticas basadas en el miedo y el adoctrinamiento a través de falsas consignas de necesariedad de los actos realizados. El Delegado del Gobierno asiente y toma notas. El Inspector jefe me señala con el dedo. El Delegado asiente de nuevo y me señala con el bolígrafo. Un tatuador acaba de entrar en la sala con su aguja esterilizada en la mano. El Delegado del Gobierno…


Fulgencio García.


lunes, 11 de junio de 2012

Crecimiento exponencial

El viejo profesor de Economía recurría una y otra vez a las teorías maltusianas.
“Sí”, decía, “no es un error. Malthus no se equivocó. Simplemente no tuvo en cuenta todas las variables posibles en la formulación de su predicción de la hambruna.” Sus alumnos, el decano e incluso el rector estaban cada día más preocupados. El viejo profesor parecía enloquecer a pasos agigantados cada día, cada hora. Sus ojeras eran proverbiales y su miedo a la hambruna era el coco que atemorizaba a los niños pequeños. Pero él insistía: “no, la hipótesis es correcta, solo que no está bien formulada. No atemoricen a los niños, eso no servirá de nada. ¿Es que no lo ven con la claridad que yo lo veo?” E insistía: “¡Malthus tiene razón!”

Veinte años después la humanidad contemplaba el viejo y gastado planeta azul desde infinidad de estaciones espaciales a lo largo y ancho del sistema solar. La población estaba diezmada y se alimentaba directamente de sintetizadores de proteínas y vitaminas, como en las viejas cintas de ciencia ficción. Todos recordaban al profesor y comprendían ahora el alcance de sus palabras: lo que aumentó exponencialmente fue la cantidad de comida y con ella las bacterias e insectos que se alimentaban de los quintales de basura generados cada minuto. El planeta se había tornado inhabitable por el hedor de los millares de toneladas de comida en descomposición.




http://www.orm.es/servlet/rtrm.servlets.ServletLink2?serv=BlogPortal2&METHOD=DETALLEALACARTA&cat=5&idBlog=-1&idCarta=102&orden=1&orden2=1&ofs=0&texto0=&texto1=Fulgen&buscar=BUSCAR&mOd=16335&autostart=RADIO

Por el amor (a mi tercer abuelo)

“¡Por el amor!” La cristalina alegría del cava nos bañaba las gargantas. Recuerdo la nochevieja de mil novecientos ochenta y tantos, justo en el precipicio del cambio de década. Yo tendría catorce años o quince, no sé. Intenté por todos los medios que aquella fuera la primera fiesta en la que una corbata atenazara mi incipiente nuez y unas manos femeninas alguna que otra cosa, pero no conseguí convencer a ninguno de los autores de mis días. Y aquel señor simpático, vecino y familiar y, sin embargo, amigo, se empeñaba en disfrazarse y en hacernos olvidar a mi hermano y a mí la tremenda injusticia que se cometía contra nosotros. Y lo consiguió. Qué felicidad la de poder hablar y beber y reír como adultos, gracias a nuestro tercer abuelo, que nos protegía y alentaba siempre con una sonrisa.

Hoy, veinte años después, nos hemos juntado toda la familia. Primos lejanos, tíos perdidos, familiares y, sin embargo, amigos. Hemos reído, recordado viejas anécdotas e inventado algunas nuevas. Hemos traído algo de comer y de beber, y hemos vuelto a llenar copas y vasos con burbujas chispeantes y demás tópicos alcohólicos. Nos hemos reunido de nuevo y hemos brindado. “¡Por el amor!”, hemos dicho. Al fondo, en la última sala del tanatorio, mi tercer abuelo duerme ya su última siesta. Me he acercado a despedirme, con el amargo sabor del adiós en mi mirada. Y, voto a bríos, que mientras que le miraba fijamente a través de la ventana y trataba de componer un par de frases en mi mente, creo que, al vernos a todos juntos, ha vuelto a sonreír.

Derroche

Los petardos y las carretillas empolvaban el rostro de la mediterránea ciudad. Los azahares y jazmines perfumaban con derroche los pintorescos y tradicionales trajes de gala, brillantes, esplendorosos, como recién salidos de una película. Las bandas musicales de barrio armonizaban con el rugido atronador de las tracas y los niños de bien reían al sol de primavera. Bajo el balcón en el que las reinas seniles, juveniles e infantiles rivalizaban en oropeles y escapularios y rosas prendidas y claveles reventones, los antidisturbios mantenían la paz y la tranquilidad de los dirigentes bienhechores de la comunidad. De repente, un terrorista, un enemigo, se acercó a ellos amenazante. Un libro abierto, una edición ilustrada de “El Quijote”, cayó sobre la cabeza de la muchacha más joven. Gritó ésta, y sus pulmones rompieron la capa de sordos estruendos de pólvora y los modernos caballeros descargaron sus porras y sus frustraciones sobre las imberbes caras de los estudiantes de molinos. La música atronó y los dirigentes miraron, como siempre, hacia otro lado.

“Solo queremos poder ir a clase…” fue la última frase que el barbilampiño pudo pronunciar con todos sus dientes ordenados.

domingo, 20 de mayo de 2012

París

En noviembre no amanece en París. Solo es un poco más claro el día que la noche. No hay sombras, no hay sol. Decir que esta ciudad en otoño es gris es redundante. Desde mi ventana veo una marea rítmica pero caótica que va de izquierda a derecha, por todos los huecos libres de la calle. Pero es una marea negra. Abrigos, gorros, pantalones, faldas. Un monocorde no roto más que por las luces de las ambulancias y de los bomberos. Bajo a la calle. Mi abrigo es gris perla, una longitud de onda distinta. Me hundo en la boca del metro, busco mi destino. Son muchas estaciones desde la Norte. No entro en el convoy, me entran. La marea humana me arrastra y no deja siquiera que boquee. Una parada. Dos. Seis. El traqueteo me anula los sentidos y me aturde. Soy una mosca gris en un plato de petróleo. Y como por arte de magia, entra ella en el vagón. La mística de abrigo rojo sangre. Una chica negra, altísima, elegante. Sexy. Se sabe mirada y admirada. Labios carnosos y marrones, mirada de almendra, piel canela. Y abrigo rojo. Y me quedo mirando fijamente y una voz a mi espalda me dice “bienvenido”. De manera instintiva llevo mi mano a mi nuca. Me volteo y la chica ha desaparecido.

As time goes by

La ciudad fue arrasada por el movimiento sísmico. La historia, las historias y las historietas se detuvieron en el momento exacto en que la tierra tembló. Durante un día el infierno salió a la superficie y los hombres pudieron ver de frente la fría eternidad. Como si de una cabalgata de valquirias se tratase, los edificios se derrumbaron, implosionaron torres y campanarios y las ilusiones puestas en el futuro de miles de personas se hundieron en los abismos del presente inmediato. Pero sonaron las trompetas y las tubas y, como en las películas, aparecieron los buenos. Miles de camiones, helicópteros, trenes trajeron de todas partes del país las esperanzas, las fuerzas y los ánimos necesarios para reconstruir desde el dolor, para maquillar la desesperanza. Las personas ayudaban a las personas por el solo hecho de saber que necesitaban ayuda. Hasta que apareció él. Y luego muchos más como él. Trajes azules, grises, corbatas y gafas de sol inundaron lenta pero inexorablemente las calles destruidas, los presentes rotos. Apretones de manos, condolencias, promesas hechas del material de las electorales fueron cubriendo el suelo, fueron tapando los escpmbros. Sepultando la realidad bajo millones de monedas tan limpias como las de Judas. "Yes, we can", se repetían unos trajes a otros. Atardeció, anocheció. Se fueron tal cual vinieron y las gentes de aquel lugar quedaron conformadas. Sus próceres iban a ayudarles.

El tiempo pasará.

sábado, 5 de mayo de 2012

If You could read my mind.

Si pudieras leer mi mente.
La vieja melodía suena a ritmo de Estudio 54 en los altavoces desde la emisora local. Te veo sentada, como cada mañana, en el autobús que nos lleva de los suburbios al centro, a la City. Tus piernas cuelgan descaradas e insolentes e interminables desde el asiento del centro. Nadie más parece mirarte, y solo yo me doy cuenta de que se balancean con el soul metido hasta el alma. Quisiera leer tu mente y poder hacer realidad los cuentos que quieres contarme.

Como en una vieja película.

Me levanto, decidido y varonil, y me encamino hacia tu asiento. Unas enormes botas vaqueras y una canana, el polvo del oeste y un sombrero calado. Un johnwayne cualquiera. Tú, recatada, miras por entre tus senos hacia mí. Tu vestido crepita con cada movimiento de recato y mi mirada te derrite el alma y tu candor incendia la mía. Próxima parada. Las puertas se abren y yo sigo sentado frente a ti, imaginando escenas imposibles.

Si pudiera leer tu mente, vaya historias que encontraría.

Una historia interminable, de amor y sexo continuos. Encuentro las historias que siempre he querido leer pero, por encima de todo, que siempre he querido protagonizar. Tu mente se fija en la mía y la mía se queda en la tuya. Tu sonrisa carnosa, lujuriosa, me deja sin aliento y me llena de vida. Nos fundimos como en un cuadro new age, dos espíritus en uno, y dejo mis ojos descansando en ti para siempre.

Sería como una de esas novelas baratas de kiosco…

El autobús sigue traqueteando los cuerpos calle abajo, pero imagino el escenario descrito mil veces en novelas de uno cincuenta y nueve la media docena. Me imagino como el héroe que rescata a la chica en el momento preciso. Te cojo entre mis brazos, te abrazo y tú te dejas caer en mi pecho, anhelando el momento en que por fin te sacaré de tu realidad y tú a mí de la mía.

Pero los héroes suelen fallar.

La línea llega a su fin, el autobús para. La puerta se abre y tú desciendes arrancando de mi imaginación y de mi corazón toda posibilidad de volver a ser feliz hasta mañana, hasta la próxima mañana en que te vea subir y pasar por mi lado, y sentarte frente a mí.

Si pudieras leer mi mente…

OUTLET CENTER

Anunciaron la apertura de la nueva promoción como solo un curtido equipo de marketing sabe hacerlo. Descuentos salvajes, objetos de primeras marcas apenas sin tara, servicios de lujo a precios de risa, oropel, lentejuelas, globos y confeti. Un nutrido grupo de periodistas y consumidores curiosos se agolpaba a la entrada del nuevo mercado, como mandan los tópicos narrativos. Expectantes y nerviosos, querían ver a su ídolo cortar la cinta inaugural, oír de su viva voz las palabras mágicas que les autorizaran a entrar en esa Sildavia única y misteriosa. La limusina llegó, y los guardaespaldas apartaron a la muchedumbre enaltecida. Le dejaron la vía libre para que llegara hasta donde todos le esperaban. Bajó del coche, saludó y se abrochó y la chaqueta. La estrella mediática avanzó con paso firme y decidido. Sonriente y callado, sin declaraciones a la prensa, se paró frente a la cinta de colores patrios. La cortó y la masa rugió embravecida, deseosa de aprovecharse de aquel mar de oportunidades. Entonces, el misterioso personaje, a la sazón presidente del gobierno del país donde se adelantaba a diario la puesta de sol, levantó su mano derecha y calmó a la masa.”Hoy”, dijo, solemne,”como todos los viernes, procedo: quedan inaugurados estos nuevos recortes sociales al 70% y estas privatizaciones al 100%”.

viernes, 27 de abril de 2012

MISSION: IMPOSSIBLE

La tradicional banda sonora atronaba los oídos dentro de la furgoneta negro carbón. Los integrantes del comando no dejaban de mirar al frente muy concentrados. No se conocían entre ellos; habían sido reclutados por el líder a través de las redes sociales y coordinados por una emisora de radio clandestina. Todos los rostros se ocultaban tras pasamontañas de oferta de una multinacional del deporte. La melodía machacaba sus pensamientos y los fijaba en el objetivo: conseguir la mercancía costara lo que costara. Llegaron y dejaron la furgoneta junto a la pared, a oscuras. Un enorme muro coronado con alambre de espino impedía el paso a los amigos de lo ajeno. Tras la bíblica corona del ladrillo, un ejército privado custodiaba las codiciadas obras. Era necesario entrar y sacar el máximo botín posible, ya que sus vidas dependían de ello. Treparon a duras penas, cortaron alambre y se descolgaron con pericia. Atravesaron el patio, desactivaron las alarmas y franquearon la puerta trasera. Llegaron a la caja principal. Hormigón armado, acero sueco… Pero nada podía detenerlos, su desesperación era tal que estaban dispuestos a dejarse la vida, la piel, los huesos en la acción suicida. De pronto un cortocircuito inoportuno hizo saltar las sirenas. Se dispersaron. Dos huyeron hacia el sur del edificio, uno hacia el norte y los dos restantes fueron capturados con parte del tesoro. El ejército privado los retuvo hasta que llegó el director de la empresa. Quitó uno de los pasamontañas. “¿Papá?”, exclamó el asombrado ejecutivo de la multinacional farmacéutica. El anciano, magullado y humillado, le escupió a la cara. “Los políticos y tú podéis quitarnos las aspirinas pero… ¡Las prótesis de cadera son nuestras!”

sábado, 21 de abril de 2012

Servicio público.

“¿Cuánto?” “Cien y la cama, sábanas aparte” Avergonzado, a mis treinta y ocho años, no pude sino aceptar. Con una inclinación de cabeza. No podía pagar por el de lujo, así que me tuve que conformar con eso. Busqué entre mis bolsillos y pude reunir la cantidad. Un puñado de billetes sudados, alguna moneda y mi paquete de rubio americano me abrieron las puertas de la salvación. La joven de cara hastiada y pelo graso me hizo una señal después de contar el dinero. Me dio un paquete con las sábanas y, rápido, la seguí por los intrincados pasillos del edificio. Sorteé todo tipo de desgracias y basura. El hedor era el que se suele describir en los cuentos de miedo. Alcohol, drogas, sudor se apretaban en mi nariz y saturaban mi cerebro. Una mano me rozó la pernera derecha, y salté sin ver qué iba a aplastar al caer. Una rata chilló, más asustada que yo, y corrió hacia ninguna parte dejando un camino de gotas carmesí. Llegamos. La chica de ojos rojos y mirada vidriosa me hizo entrar y desnudarme. Solo, en medio de la inmundicia, sentí el escalofrío del primerizo. “Tranquilo”, me dijo mientras lavaba el instrumental bajo un grifo oxidado. “Relájate y disfruta. Desde los recortes de 2012 en el servicio público de salud, todos tienen miedo en su primera colonoscopia sin sedación.” Recordé aquellos compromisos políticos. Me acosté, cerré los ojos, flexioné las piernas y aguanté la respiración.

domingo, 15 de abril de 2012

Viejo orden mundial

Vía decreto ley cayeron, uno tras otro, los derechos adquiridos a lo largo de la Historia. Empezaron por el subsidio, siguieron por la sanidad y la educación y terminaron con todos los demás. Hasta que llegaron a la Ley de Regulación del Descanso Semanal. Más de un siglo de antigüedad y el ser un derecho mundial no les impidió atajarla. Pero no para ellos. Ellos sí mantendrían su séptimo día inhábil para consagrarlo a su dios, a sus familias, a sus nobles tareas de gobierno, pero obligaron a todos los comercios, a todas las fábricas, a todos los negocios a que abolieran esa prebenda absurda de asueto dominical. Fue el pináculo de su carrera. El Primer Ministro, escoltado por su Consejo refrendó la norma con su mayoría absoluta y el monarca del país la firmó, sin más atención que la que se le presta a un nieto polvorilla. Con esa magnífica bula en mano, habló a la nación a través de todos los medios y anunció lo que los mercados esperaban desde hacía meses. “Señores”, dijo en un alarde de incorrección política. “Queda legalizada la esclavitud, por obra y gracia de la crisis que ustedes mismos han provocado.” No hizo falta que dijera nada más.

Al día siguiente la bolsa central del país se desplomó y obligó al Consejo de Ministros a aprobar la venta en masa de bosques, playas, aeropuertos vacíos y ríos a los distintos Holdings presididos por ex ministros y ex presidentes. En aquel país, después de siglos de historia, el sol se puso para siempre.

Fulgencio S. García.

viernes, 16 de marzo de 2012

Onírico (2), por Jose María Sanordevil

El zoco emana un tibio olor a especias
mezclado con jazmín y azahar,
pronto acaba la estación primaveral
y la tarde irradia transparencias

El amante dispuesto a amar
mira como ella sus velos retira
que como pétalos al suelo tira
mostrando su piel morena al danzar.

Ella suelta el enganche del hiyab,
el paño cae como guillotina
y el hombre muda el color de su faz.

En ese instante la dicha termina,
es la parca que anuncia el final,
aullidos se oyen cuando el día culmina.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Carnaval, te quiero.

El público, paciente, aguarda en la sala. Me asomo de manera tímida y miro a través de la pequeña rendija que la puerta y el marco me dejan. Lleno total. Mi primer día de trabajo y apenas puedo controlar los nervios. Ha venido la familia, los compañeros y los amigos. Todos mis seres queridos han decidido venir a mi debut. Es normal, tanto tiempo he querido triunfar y ser un actor de renombre que, al final, no han tenido más remedio que claudicar y darme la razón. Soy un artista.
Suenan los avisos. El espectáculo va a comenzar. Me miro de nuevo al espejo y mi sonrisa no cabe en él. El maquillaje es perfecto. Y ahí suena mi nombre. Me desplazo como puedo, casi cuarenta kilos de traje, y me vuelve loco el ver la cara de mis padres. No esperaban que me presentara a reina drag del carnaval de Tenerife.

París

En noviembre no amanece en París. Solo es un poco más claro el día que la noche. No hay sombras, no hay sol. Decir que esta ciudad en otoño es gris es redundante. Desde mi ventana veo una marea rítmica pero caótica que va de izquierda a derecha, por todos los huecos libres de la calle. Pero es una marea negra. Abrigos, gorros, pantalones, faldas. Un monocorde no roto más que por las luces de las ambulancias y de los bomberos. Bajo a la calle. Mi abrigo es gris perla, una longitud de onda distinta. Me hundo en la boca del metro, busco mi destino. Son muchas estaciones desde la Norte. No entro en el convoy, me entran. La marea humana me arrastra y no deja siquiera que boquee. Una parada. Dos. Seis. El traqueteo me anula los sentidos y me aturde. Soy una mosca gris en un plato de petróleo. Y como por arte de magia, entra ella en el vagón. La mística de abrigo rojo sangre. Una chica negra, altísima, elegante. Sexy. Se sabe mirada y admirada. Labios carnosos y marrones, mirada de almendra, piel canela. Y abrigo rojo. Y me quedo mirando fijamente y una voz a mi espalda me dice “bienvenido”. De manera instintiva llevo mi mano a mi nuca. Me volteo y la chica ha desaparecido.

domingo, 26 de febrero de 2012

Desdoblado

Me despierto chapoteando en sudor frío. Qué sueño más extraño. Busco el despertador. Son las siete, como cada lunes. Me levanto y voy al baño. Abro el grifo del agua caliente y dejo que el vapor suba. Me lavo la cara y busco la espuma. Mientras me afeito, pienso en que no quiero ir a trabajar, un lunes más. Quisiera tener, como en aquella película de segunda, uno o dos dobles que hicieran por mí las tareas rutinarias para poder dedicarme yo, como un vulgar nuevo rico español, a los placeres de la vida. Mientras me afeito, levanto la cabeza y veo cómo me guiño un ojo. Pero no he movido un músculo, más allá de los necesarios. Mi imagen se termina de afeitar sin seguir mis instrucciones y, antes de que pueda evitarlo, sale del marco incomparable del espejo. Durante unos segundos aguardo, pero no le hago más caso.
En el rellano espero el ascensor. Anuncia su llegada con timbre de microondas barato y abre sus fauces. Me engulle. En el espejo de la cabina me miro de nuevo: ojeroso, cansado. Pero sonrío. No soy yo, vuelve a ser mi reflejo. Cuando la metálica voz anuncia que estamos en la planta principal, mi reflejo se marcha sin darme tiempo a reaccionar. Eso sí, pulsa el botón de la planta de mi casa y me manda a mi sillón.
Meto la llave en la cerradura y me veo al fondo del salón, con el aspirador, tranquilo. Me saludo y me digo que voy al despacho. Cierro la puerta de mi santuario, enciendo la luz y busco un libro con el que compartir el resto de la semana. No lo encuentro. Huelo algo de tabaco, miro hacia mi sillón. Estoy allí, sentado, desde el principio. Bajo el libro, me sonrío y me apunto con un 45 con silenciador. ¿Creías huir de la socialización obligatoria?
Me despierto, de nuevo.

martes, 21 de febrero de 2012

Desahucio

Los pobres desgraciados abandonaban lo que fue su hogar, empujados por los gritos de la policía y las impertinencias soeces del abogado y del apoderado del banco. Todos dirigidos por ese hombre de negro. Las tres voces disonantes armonizaban en compás de poca espera, y les obligaban a salir del inmueble que, años atrás, les vendieron como oro y hoy se destapara como aire. Desde hacía meses vivían de la beneficencia pero, como casi todo, también se había agotado. Al salir del portal el bebé imploró como solo un bebé sabe hacerlo, y el abogado amenazó a la madre con la mirada. Ella le respondió: “Qué quiere, es el único que tiene algo que decir hoy”. Afuera, los vecinos aullaban contra el sistema, contra el desahucio… Pero la mirada vidriosa del apoderado del banco, hipotecas en mano, hizo que se disolviera la manifestación tan rápido como se había organizado. El hombre de negro sonreía mientras tachaba de su lista ese nombre y esa dirección. Levantó la mirada y, entre la muchedumbre, sentí cómo sus ojos se clavaban en mí…

lunes, 6 de febrero de 2012

La chica de Ipanema

La chica de Ipanema fluía sensual hacia la playa, desde las colinas que rodeaban la bahía. Azul. El leve y corto vestido de flores jugaba a enredarse en el atardecer, con su risa y sus cabellos dorados, entre su piel morena y sus ojos. Azules. Los muchachos se volvían a su paso y todo resultaba tan perfecto como en la voz de Gilberto.

Hasta que sonó el claxon que despertó a la pobre y pálida infeliz que paseaba, medio en volandas medio caída, por el centro del otoño parisino sin prestar atención a las señales luminosas, al tráfico, a los negros y grises y marrones que la rodeaban de manera insolente.

Y la sonrisa que imaginaba como corona del mulato fibroso pero musculado, del escualo caza sirenas que esperaba encontrar en la playa para que la poseyera y la hiciera feliz, fue solo el morro de un Tiburón del cincuenta y seis.

Azul.

Paseo dominical.

Paseo el domingo por la mañana. Voy por la vía verde y disfruto del inclemente sol de este invierno extraño. Ando abonico y busco huertas, huertos, el río, los sotos artificiales, recuperados para dar la impresión de que nada ha cambiado en estas últimas décadas. El viejo puente ferroviario, restaurado para los viandantes, invita a imaginar viajes y desgracias y alegrías de hace un siglo, cuando lo de comer cinco veces al día era ciencia ficción. Hace calor, mucho. Llego hasta un grupo de casas, un cortijo, y veo un matrimonio de ancianos sentados. Ella de negro, con delantal negro, moño blanco, mirada perdida entre las arrugas de la vida. Él, boina en ristre, se apoya en una vieja mesa de madera y juega con un chato de vino, negro como su presente. No hablan, para qué. Con casi total seguridad se lo han dicho todo ya. Están solos. El mediodía llega inexorable y ella le pregunta que qué quiere comer. Él se encoge de hombros y apura el vaso. “Lo que haiga”, le escucho. Cruje algo, no sé si la silla o los huesos o el alma de ella cuando se levanta y abre la puerta de la casa. El hombre me mira, entre desafiante y desesperado, y acelero el paso. Cojo el teléfono móvil, maldito invento, y llamo a mis padres, por el pequeño placer de saber cómo están.

jueves, 19 de enero de 2012

Calefacción central

La señora de la casa, estirada hasta en el carácter, sube el termostato hasta la treintena. Afuera un sol poco habitual calienta los ánimos y las cervezas de las terrazas, y el cielo azulea el carácter sombrío del invierno. Y ella insiste en calentar al máximo su vivienda para poder caminar descalza y semidesnuda sus magras cirugías. Leopolda, su sirvienta, forrada de negro como cadáver y coronada con cofia como Gracita, suda la gota gorda en enero detrás y delante de ella para recoger y ordenar sus caprichos. A las tres en punto termina su jornada. Como puede llega hasta la cocina, se desviste y recoge una enorme bolsa de cartón de una franquicia de moda. La abre y mira dentro. Sonríe. Se pone su abrigo raído, donado por la beneficencia, abraza su tesoro y sale corriendo de la casa. Baja rauda la escalera, exhala su prisa hasta el autobús. Y media. Le quedan treinta minutos para llegar a su iglú. Este invierno no ha podido renovar los radiadores eléctricos y el butano está lejos de su alcance. Llega a su barrio, húmedo y estrecho; protege la bolsa en su abrigo. Le cuesta andar así. Pero sonríe. Llega al portal de su casa, verde en la parte baja, y un escalofrío se le sube a hombros, y sabe que ya no se bajará hasta el día siguiente. Tirita un poco al buscar la llave, pero las voces de sus hijos la animan. Les insta a que se metan deprisa bajo las mantas y entonces, casi sin quitarse el abrigo, saca el preciado botín: unas bolsas de agua caliente, tomadas de la casa de la señora, aún mantienen algo de su nombre en el interior. Sus hijos se aprietan, dos por cama, bajo pesadas mantas de lana y junto a la diminuta fuente de calor central. “Ya falta menos para poder encender la calefacción, aunque solo sea los primeros días del mes”, piensa para sí mientras sus hijos la admiran desde el fondo del invierno.

miércoles, 4 de enero de 2012

Notas de la calle

El sábado pasado salí a hacer la compra al mercadillo semanal de mi pueblo. Llevaba varias semanas sin ir así que estaba incluso emocionado. Cogí mi carro, cual Manolo, mis veinte eurillos, y me paseé marujilmente entre lechugas, tomates, manzanas castañas y cubremelones. Precisamente, en la parte en la que ubican la ropa (el mercadillo de mi pueblo no te lo acabas en una mañana), encontré a un gitano que exhibía, obsceno, varias montañas de ropa interior de señora, señorita y señoritinga, y que promocionaba pulmón en mano dando el precio de ganga: "¡¡ADÓADÓADÓADÓADÓADÓADÓ!!" por lo que, sin ser más lumbreras de lo que soy, entendí que lo vendía todo a dos euros. En estas elucubraciones estaba cuando vi que se acercaba una señora mayor y, con aire despistado como si quisiera engañarlo, le preguntó: "¿A cómo dices que va?", y el gitano, ni corto ni perezoso, le contestó: "Por ser tú, ¡a tré!", y la mujer le replicó: "Pero bueno, ¡si estás diciendo a dos!" "¡Coño, pó si lo há oío, ¿puéh pá qué pregunt'a?" El fin de la conversación sobrevino al retirarse, colorada como rosa, la señora preguntona.

Pero es que tenía el vendedor más razón que un santo.

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