Visitas desde la apertura

lunes, 24 de octubre de 2011

Sucursal 321

“… ¡Carga policial! ¡Los antidisturbios contra los manifestantes! ¡Sin miramientos! ¡Gas lacrimógeno! La puerta de la sucursal bancaria, con todos esos manifestantes encadenados, se ha convertido en un campo de batalla. Esta gente, que nos arrancó de la cama esta mañana pidiendo justicia social y económica, que quería cerrar sus cuentas en esta sucursal 321 del principal banco del país; estas gentes, decimos, que pedían la condonación de las hipotecas por dación y el reparto solidario de los beneficios bancarios para pagar los rescates estatales, están siendo aporreadas… ¡por alterar el orden público! ¡Aún no sabemos cómo se organizó la concentración y menos aún quién ha llamado a la policía para denunciar… Alteración del orden público! ¡Y ahora detenciones! Las puertas de la sucursal permanecen cerradas y, desde dentro, el personal bancario observa impasible la escena. Dios mío, qué horror. Amas de casa, jubilados, autónomos… todos detenidos…”

Mientras el locutor narraba la escena, uno de los jóvenes empleados del banco, un cajero, miraba su teléfono. En la pantalla, el 091 permaneció unos segundos; él acariciaba la foto de una niña. Protegerla y guardarla. Cuando su mujer murió, meses atrás, se prometió que nadie le arrebataría el mísero sueldo que mantenía a su pequeña hija.

sábado, 22 de octubre de 2011

Telerrealidad.

“¡Buenos días, me llamo J.G., soy inmensamente rico y tengo un tumor maligno en el cerebro! Los oncólogos no me dan más de seis meses de vida: es inextirpable y la metástasis es tan global ya que… Así que quiero quemar las semanas finales que me esperan cambiando la vida de alguien más. No quiero un vulgar “THE END” en fondo negro. ¡Deseo algo más! No tengo pareja pero sí familia y amigos y ya me he despedido de ellos al uso. Pero para mí quiero una fiesta especial, algo más grande, lo más espectacular que se pueda pagar, y lo planteo hoy, aquí, a ti. Busco una persona que me acompañe, desde el próximo martes hasta el momento de mi último suspiro… ¡En una loca vuelta al mundo de juergas sin parar, sin reparar en gastos! Y con un fabuloso premio por haberme acompañado: ¡ser mi heredero universal! ¡Más de cien millones te esperan! Solo habrá una única condición, mi última voluntad: Para acceder al dinero, en el lugar en el que yo perezca, ¡tú te suicidarás en directo y para todo el mundo! ¡Y nuestro equipo de seguimiento se encargará de incinerarte conmigo! Todo el premio, esos más de cien millones, será para tu familia. ¡Serán inmensamente ricos! ¿Quieres salir de la crisis? ¿Piensas que tú eres la persona que más lo merece? ¡Pues participa en este nuevo show! ¡Llama ahora al…!”

“Verdaderamente” - pensé mientras pulsaba el botón verde del mando a distancia - “los directivos de esta cadena basura han llegado a la última frontera.” Miré de nuevo la pantalla apagada y repetí, inconsciente, el número. Dudé, pero cogí el teléfono… Cinco, cinco, cinco…

miércoles, 19 de octubre de 2011

He visto un sueño.


He colgado el teléfono en la oficina justo cuando me has dicho que estabas a punto de vestirte, justo cuando te he pillado recién salida de la ducha. Que tienes prisa por salir, que has quedado. Te he sentido fresca, perfumada; te he imaginado con la bata. Mejor; solo con la braguitas y la bata. He sentido cómo buscabas el sujetador a juego por entre los cajones de la cómoda, cómo buscabas las medias, la falda, la blusa. He creído ver cómo ponías todas las prendas en la cama para ver si te gustaban o no y mientras seguías de pie, desnuda, solo con tus braguitas negras bajo tu bata. Te has mirado en el espejo, te has reído de ti y has marcado posturitas. Sé que te has levantado de buen humor porque he hablado contigo. Y si estabas de buen humor, te has levantado con música; y con música puede que sí, que hayas subido un poco el volumen y que hayas empezado a tararear la melodía, a cimbrearte mecida por su seda. Puede que miraras la ropa que has puesto sobre la cama, y que volvieras al vestidor. Un par de perchas de blusas más con más escote, blancas, y de nuevo los zapatos.

Y me he imaginado, en mi soledad de la oficina, cómo empezabas a vestirte al ritmo de Cassie con mucha sensualidad y picardía mientras jugabas con la ropa, con la música...

Y he pensado que yo también quiero jugar.

Así que he cerrado los ojos y ahora creo verte, escondido en la penumbra sentado en el descalzador del fondo de la habitación. Oigo cómo piensas en el día soleado que hace, a pesar del invierno, y decides lucir las piernas con una falda. Buscas en el vestidor, bajo mi atenta y fantasmagórica mirada, y sacas unas cuantas. Te abres la bata, te bamboleas desnuda y decides ponerte las medias; te sientas en la cama y metes primero el pie derecho, manías tuyas. Y subes la pierna como en un cabaret y dejas que se deslice la seda por tu pierna extendida y perfecta. Luego la otra, y al sentir cómo ocultas tus extremidades a los ojos de los demás te provocas una ligera sonrisa de satisfacción. Y a mí. Te pones de pie, te das la vuelta y te miras en el espejo de espaldas, subes el culo como si llevaras ya los tacones puestos y te apoyas la mano en la cadera. Te gustas. Subes las manos y te acaricias los pechos, marcas los pezones con tus índices, miras tu reflejo y vas a buscar el sujetador.

Negro, de seda. Si sabes que prefiero la blonda, y piensas en gustarme cuando llegue a casa, no sé por qué te lo pones de seda.

Sientes la música dentro de ti cadenciosa, suave; sientes cómo te agarra de la cintura, de las caderas y te lleva de un lado a otro de la habitación. Te abrazas, embriagada por el placer de la libertad, de saberte sola en casa. Sientes tus pechos de nuevo, piel contra piel, entre tus brazos, mezclados con la bata, buscas el sujetador, no las quieres encerrar todavía. Pero no llegas a tiempo. Dejas caer la bata que cubría tus hombros al suelo, la dejas resbalar por tu piel morena aceitada y bailas ahora con el sujetador entre tus brazos, con la tela rozando la delicada piel del pecho te erizas te miras en el espejo: los ojos entreabiertos, la boca sensual y roja, los pezones erectos. Y sabes que te tienes que ir, así que te lo pones, pero dejas que un mechón de pelo caiga por encima de tu ojo derecho. Ajustas a tu pecho la prenda de nombre opresor, te llevas los brazos hacia atrás para fijar el cierre y al volverlos hacia adelante te mandas un beso a través del espejo.

Entonces vuelves hacia la cama y te surge una duda: querías falda pero, ¿pantalón o falda? ¿Blusa o jersey? Pantalón y jersey, decides.
Y apruebo la decisión desde mi invisibilidad.
Pantalón negro, jersey negro, sin mangas, de cuello vuelto de tejido elástico ajustable.
El pantalón también es un poco ajustado, de pitillo. Te tumbas boca arriba en la cama y te quitas las medias con la sensualidad de la música. Y cuando te las has quitado, solo cubierta por tus braguitas y tu sujetador, vas a por el pantalón. Y metes primero una pierna, luego la otra. Te recreas en el roce de la tela sobre tu piel, en el susurro suave silencioso de la tela sobre tu piel e imaginas qué pasaría si fuera al revés; pienso en quién te lo quitaría y qué diría la tela al desprenderse de ti. Y sufro.
Te provoca una sonrisa de felicidad extrema. Quieres jugar pero recuerdas que el tiempo pasa.
Sigues el proceso de cubrir tu cuerpo hacia arriba.
Cuando llegas a tu cintura, tus manos rozan con levedad tus braguitas, y sientes que aún conservas el fresco y limpio aroma del gel de ducha y te sientes tentada de hacer algo más que rozarlas... Pero te siguen esperando, así que no haces más que buscar la cremallera, y subirla y cerrar el botón: te desperezas sobre el edredón y te ríes y te levantas.
El jersey. De licra, ajustado como manos de tu amante, que te recorre el tronco en busca de tus rincones. Metes la cabeza como quien entra en un sueño y sueñas despierta con esas manos fuertes y viriles que te hacen suspirar; la tela baja por tu cabeza y acaricia tu pelo, aprieta tu nuca sellando tu boca como él hace cada vez que te besa, y cuando llega al cuello y tienes que extender los brazos, le sientes en tus hombros y solo puedes pensar en sus caricias. En las de él, y no en las mías. Porque sé cuál es tu prisa esta mañana.
Y te estás vistiendo para que te desvista.
Bajas el resto del jersey hasta la cintura - otra vez la cintura otra vez la cintura - , y piensas en por qué tienes que atar el deseo con un simple botón. Los brazos están detenidos justo en tu cintura. Dejas caer el jersey hasta tus caderas, sueltas los brazos. Tus manos están temblando: por un lado, sientes que quieres sentir; por otro, urge la salida que tampoco te dejará indiferente.
Te das la vuelta y te miras en el espejo: una silueta negra, cimbreante, se refleja en él. Tus ojos brillan.
Tu boca respira agitada y sabes que no hay tiempo.
Hundes tus manos en los bolsillos del pantalón, te acaricias los muslos. Buscas con la mirada los zapatos, de tacón.
Sacas las manos de los bolsillos, coges los zapatos y te los calzas y te vuelves a mirar.
Sexy como ninguna. Te pintas los labios de rojo, te vuelves a mandar un beso y sales de la habitación.

Y hay una sombra en el silloncito de atrás que mira una y otra vez el espectáculo inverosímil de tu excitación sexual durante el arreglo matutino.

Al salir de la habitación queda mi mente sola, quedo en la ensoñación de que he visto un sueño.

viernes, 14 de octubre de 2011

Recuerdo

Las hojas secas rompen el silencio bajo el peso de mi alma. Camino despacio y oigo cómo crecen las setas, cómo cae la niebla sobre mi abatimiento. Miro a derecha e izquierda y solo puedo ver letras y números sin sentido para mí. La acerada mañana se me clava en las entrañas y me deja sin aliento. Al fondo, bajo una cruz en apariencia igual a las demás, hay un manojo de flores. No es un ramo. Están arrancadas, sus raíces boquean aún. Una pequeña nota violeta colorea mis pupilas. Giro mi cuerpo hacia ese minúsculo oasis de color y leo mi nombre. Creo que sonrío. Ella se abraza a su cuerpo y deja caer una lágrima sobre la piedra. Mi piedra. Como cada año, rozo su pelo y un lejano recuerdo del olor a vida que desprendía inunda mi ser. Se aleja, triste, mientras yo quedo atrapado de nuevo en el bucle sin fin de mi purgatorio.

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