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miércoles, 28 de septiembre de 2011

Experiencia religiosa

Como sé que os gusta conocer mis malajes, os reedito la vieja nota del asma de nuevo, aquella que quedó en el limbo del FB. Que lo disfrutéis, aun a pesar de tener ya sus buenos cuatro meses.

"Hace unas semanas tuve un ataque de asma. Es lo que te suele pasar cuando eres asmático y vives en una zona semidesértica como Murcia, porque yo soy murciano, y feliz de serlo. Pues me dio un ataque. Empiezas a no respirar, notas cómo se te inflaman los bronquios, cómo se cierran las vías respiratorias... y sabes que tienes que hacer algo. Y no sabes qué porque el respirar, en principio, está sobrevalorado. Y coges un inhalador de corticoides, y te chutas. Cuando notas que al octavo (¡octavo!) chute tu cuerpo no reacciona y sigue empeñado en no respirar - manías del cuerpo de uno- es cuando comienzas a preocuparte, cuando comienzas a sentir que las piernas flojean y las manos tienen vida propia. Cuando ves que tus compañeros en la oficina pasan de reír lo que parece una gracia por verte rojo-rojo a mirarte con cara de ascopena. "Pobre", dicen, "con lo majo que era, y aquí, muriéndose en directo". Cabrones.

Entonces uno de ellos piensa de manera rauda: si se muere aquí, igual hoy salimos tarde, porque es un follón que no veas: llamar al juez, al servicio de urgencias, a la policía, levantar el cadáver - con lo que pesa-, avisar a la familia... y este uno decide arriesgarse a llevarte al Centro de Salud del pueblo donde está tu centro de trabajo.

¿Nunca os habéis puesto enfermos en otra Comunidad Autónoma que no sea la vuestra? Pues no lo hagáis sin la supervisión de un adulto...

Consigo conducir hasta el centro de salud del pueblo donde se ubica la fábrica y, una vez allí, una señorita muy engalanada no me atiende.Y no me atiende, ¿por qué? Pues la señorita engalanada se fue del mostrador de urgencias porque debían atender a algún no residente de habla no castellana - pero sí inglesa, buena pista- en un acceso de "no vida" más urgente que el mío. Así que me deja con la administrativa de turno de tarde. Y me pide mi targetta de la seguridá sosial y le doy la mía. Con su grana y sus coronas y sus castillos. Y resulta que soy de Murcia, a lo que respondo con una sorpresa evidente: "¿eso es malo?". Y yo con aquellos pelos... Pues sí, es una costumbre que tenemos los murcianos, nacer en Murcia. "Pues..:", me dice taciturna y funcionarialmente, " no te puedo dar cita sin un numero SIP de la Comunidad Valenciana". Señora, que me ahogo, que me estoy poniendo rojo de ira y verde de indignación. Si llego al amarillo, tengo el semáforo completo - pienso en buena lógica murciana. Pijo. Así que la ímproba servidora pública comienza el registro, ajena a mis tornasolados aspavientos. "¿Es usted español?" Empezamos bien. Lo malo es que la inflamación me impide articular tacos como me gustaría, que si no se iba a enterar si soy o no soy indígena de aquí. Nombre, apellidos, uy, este nombre no me cabe aquí, cuál es el nombre corto, motivo de su visita a este centro... Motivo de su visita a este centro. Tócate los cojones, mariloli. "Pues mira" - tentado estoy de espetarle- "que tengo por costumbre conocer los centros de urgencias para ver en cuál el oxígeno es de mayor calidad... no te... Señora, que no puedo respirar". Soy asmático, tengo un ataque como no hay dos, he tomado casi 1 gramo de corticoides y, antes de morir, me gustaría cagarme en sus muertos... en valenciá, si es menester. "Chico", me responde, "respira despacio, que te vas a ahogar". Se me salen los ojos de las órbitas, las uñas arañan el mostrador y la ira comienza a ser desesperación. Mi reino por un pulmón sano o, en su defecto, por una catana...

Cuarenta minutos hasta que consigue hacerme la tarjeta "provisional, eso sí" de "desplazado" para que pueda usar los servicios del ambulatorio crevillentí. Cuarenta minutos. Y se queda el DNI porque los datos no cuadran o no sé qué hostias. Y entonces, muy contenta con su proeza de haberme fichado para el servicio valenciano de salud, y yo ya casi de rodillas cayendo por el mostrador, me dice: "Sube la escalera, primera planta, consulta 5". ¿Sube la escalera? Creo que no entiende lo de no poder respirar. Pero, sangre, sudor y hierro, el murciano cabalga. Que si hay que conquistar, se conquista.
Tres minutos en subir la jodida escalera, tres. Y una vez arriba, temblándome las piernas, las manos, hiperventilando... la médico me hace pasar y me suelta un "Cariño, ¿qué te pasa? Anda y que no sois exagerados los hombres!! Como tuviérais que parir!!"... ¿¿¿¿Cariño???? ¿Pero cuándo hemos follao tú y yo? Y sobre todo, ¿¿¿por qué habría de haberlo hecho, vieja bruja??? ¿¿¿Exagerado??? Como me diga que respirar está sobrevalorado pido la catana que me he dejado en el mostrador y empiezo y sigo y mato y me cuento veinte.

Me mide la saturación de oxígeno en sangre, me dice que lo único que tengo es ansiedad por haber tenido el ataque de asma, me da una receta de Ventolín y me despide con un "adiós, chiquillo" que suena a recochineo. Total, que una hora y media después de un ataque de asma que casi me deja en el sitio, concluyo que soy un desplazado exagerado cariñosísimo y chiquillo. Y murciano. Vamos, con acento del sur.

Así que la próxima vez que tenga un ataque de asma o de alergia o de caspa, pediré que se me traslade a mi reino de taifa, a la mimurcia, que en su campo labrado de nobles ladrillos, yo, es donde quiero que me maltrate la seguridad social, ya que por lo menos, no necesitaré tarjetjitas ni gilipolleces y podré cagarme en lo más sagrao en mi llengua y naide me vá icí denguna tontuna. ¡Pijo!"

sábado, 24 de septiembre de 2011

De gatos y demás otoños.

Terminaba el verano con la melodía repetida una y mil veces, la del dúo aquel que maullaba su triste canción mientras nuestros amigos catódicos se asomaban con timidez a las esquinas del pueblo que nunca más volvió a ser él mismo. Y creía y crecía el infeliz telespectador con el convencimiento de que todos sus estíos serían así, una eterna adolescencia en la que poder jugar, amar, reír y desamar de manera cíclica e inconstante. Cuán equivocado estaba. La vida se parece más a una copla desgarrada que a una canción pop ñoña, al zarpazo de un gato que a su ronroneo interesado, aprendió después.
Ese verano también llegó y se le terminó con la partida de muchas personas, pero con una pequeña certeza en su mente: en el fondo, cualquier despedida no es sino dejar un hueco para una nueva bienvenida. Aunque sea el otoño al que hay que recibir.

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