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sábado, 18 de diciembre de 2010

Agua (para Fer)

Cuando niño, pasé los veranos en juegos en brazales, acequias y entre portillos. Íbamos para tirar hojas de cañas o barcos de papel con muñecos hechos de palo a las corrientes de agua de riego para luego ir a buscarlos por los bancales.
Era excitante esperar el agua: desde mediados de mayo, en los primeros compases del verano, veíamos trocar los azahares por limones en crecimiento y queríamos emular a los huertanos, y plantábamos pimientos, berenjenas, y podábamos los rosales; veíamos cómo labraban la tierra y, al tacto, nos decían que ya sabían que estaba más que seca. Que tenía que venir el agua. Los huertanos nos miraban, a toda la chiquillería, y no entendían que nosotros también les miráramos a ellos. Para unos, cuestión de supervivencia; para nosotros, juego y diversión de verano. El día en que oíamos la bomba del motor traer a raudales el frescor a la tierra era especial: era un río que iba a dar a la mar de limoneros y naranjos que teníamos, y los hijos de los vecinos y nosotros corríamos y chillábamos “¡el agua, el agua!”, y teníamos que buscar las hojas más grandes en los cañaverales, en los árboles, para comprobar si las lagartijas cazadas y con la cola cortada minutos antes eran capaces de llegar a nado a dique seco (sí, éramos crueles y políticamente incorrectos, era verano, éramos niños, carne creciendo). Saltábamos dentro de los brazales para refrescar la canícula murciana y la fuerza del agua nos arrastraba y arañaba las rodillas y los codos, y escocía la piel. Aunque luego, lo que más escocía era el tirón de orejas de mamá delante de los demás niños. Y perdíamos chanclas en el barro blando, porque nos retábamos a ver quién corría más por encima del mismo, y los labriegos nos insultaban para que no estropeáramos los caballones que debían dirigir el maná celestial hacia el sediento pueblo vegetal. Si el agua venía de tarde teníamos la excusa perfecta para desaparecer hasta la noche; si era de noche, nos armábamos de linternas y botas para poder embarrarnos a gusto imaginando y viviendo nuestras propias aventuras. Era siempre el día de juego más salvaje, dos veces cada mes del verano, repetido seis veces cada estío. Y siempre, al terminar el arduo trabajo de disfrute de la vida, nos esperaba una limonada casera, recién cortados y exprimidos los limones. Cómo olvidar ese olor, ese momento de vida.

Cuando niño, creí que nunca se terminaría el placer de sentir el fresco húmedo de las noches de verano, de las tierras recién regadas, de los galanes de noche y de los jazmines. Hoy pretenden hacernos creer que ese olor sigue ahí, en los nuevos verdes, pero son solo campos de golf regados maquinalmente y sin ilusión, ejecutores civilizados y no culpables del mal entendido progreso.


Fulgencio S. García.

Desconexión

El color de tu rostro desaparecerá en el momento de la desconexión.
Siento tus últimos latidos, tus últimas palabras.
Me has llevado a tantos lugares extraordinarios, de una manera tan fiel y alegre, que no puedo creer que yo haya tomado esta decisión. Es complicado resumir en tan poco espacio tanta vida compartida. Desde que apareciste en mi puerta hasta hoy has llenado mi triste soledad. Y ahora, de una manera aséptica pero dolorosa…, adiós. Para siempre. Tu corazón está mal, deja de funcionar. Y aunque mi mente puede asumirlo de manera racional, yo no quiero ser el firmante y ejecutor de tu sentencia. Quiero creer en algo, en que se debe poder hacer algo. No puedo entender que, con tecnología tan avanzada, nadie sea capaz de evitar este momento.
Te miro y se me rompe el alma.
No queda ya mucho tiempo. He avisado a… los carroñeros… para que vengan a recoger tus restos. Estarán aquí sobre las cuatro. Solo un par de minutos para despedirnos. Me inclino sobre ti y, aun en estas últimas fracciones de segundo, vuelvo a sentir la electricidad de los primeros días. Me cosquillean los labios. Te beso. Adiós. Hay que ser fuerte. Cojo el cable. Tiro. Un último “bip” sale de tu altavoz y te apagas. Mi viejo Pentium CENTRINO ®. Dentro de poco, un modernísimo CORE DUO ® presidirá mi mesa, y la gigantesca pantalla plana de 42”, mi vida. Pero, mientras tanto, disfrutaré de estos últimos momentos, feliz, abrazado a ti.



Fulgencio S. García.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Moonlight Serenade (1)

La nueva melodía de Glenn Miller suena en el gramófono. A través del vidrio de la ventana del salón veo la lluvia caer sobre el cenador del jardín, mi silueta reflejada en el vacío, el estanque que están construyendo nuestros padres. Saco el encendedor de la americana y enciendo un rubio mientras el repiqueteo del agua empapa el ambiente. A lo lejos se ve un rayo caer, hace mala noche. Las volutas de humo se enredan en mi pelo engominado y recién cortado, después de pasar por debajo de mi nariz y mis ojos. Distraído, me apoyo en el alféizar de la ventana. Me llevo el cigarrillo de nuevo a la boca y aspiro; el rojo del tizón es devuelto por la oscuridad de ahí fuera. Se perfila el morro del largo faetón recién salido de fábrica que acabo de aparcar en la puerta. “Moonlight Serenade”. Qué bella melodía. Dicen que el señor Miller no la había querido interpretar hasta ahora en sus conciertos; dicen que su mujer le ha convencido para que la dirija y no para que la interprete, que solo haga los arreglos orquestales. Una gran mujer detrás de un gran hombre una vez más, siempre atenta a lo que su marido necesita.

Salen las notas del moderno disco de vinilo. Este nuevo material ha sustituido a la pizarra con rapidez, y dicen que aún veremos más sorpresas en el futuro.

Debe hacer frío fuera, aunque parece que la tormenta se está yendo y nos quedará una noche tranquila para nosotros. Serena. Las nubes de retiran y las últimas gotas se caen desde los canalones del tejado sobre el porche. El aroma húmedo del barro y del verde de la primavera viene desde el estanque. Está a punto de terminar la pieza. Me miro las manos, el traje de lana inglesa, las manchas de sangre. Tu cuerpo, despedazado, espera en la alfombra detrás de mí. Ha dejado de llover. Con el agua caída será más fácil remover la tierra. Que el demonio me lleve; a lo hecho, pecho.

La luz de la luna llena me ilumina el camino…


Fulgencio S. García.

martes, 7 de diciembre de 2010

Sex Symbol (I)

- “¿Me amas?”
- “No; solo te deseo”

Lo empujó con suavidad hacia el cabezal de la cama y, mientras le ataba las manos y lo amordazaba, él sintió de nuevo la misma punzada de dolor en el corazón. Había vendido su alma al diablo por ser el icono sexual de su época y ser amado pero no había tenido en cuenta las cláusulas del contrato. Incapacidad definitiva para el amor.
Mientras ella lamía su cuello y mordisqueaba su lampiño pecho musculado, una lágrima se le escapó, tímida y fugaz, por la mejilla hacia su oreja.

Cerró los ojos con fuerza y se dejó hacer, resignado, una vez más.


Fulgencio S. García

Sex Symbol (II)

- “¿Me amas?”
- “No; solo te deseo”

Estaba harta de las preguntas idiotas de los hombres, de su prepotencia y de que se rieran de ella. ¿Amarle? Había buscado el amor verdadero en todos y cada uno de sus amantes, y todos y cada uno de ellos la había utilizado para el placer egoísta. Y ahora este le salía de nuevo con la pregunta del millón. Se volvió a quedar fría y mecánica, y repitió sus movimientos de siempre, sin pasión.

Lo empujó con suavidad hacia el cabezal de la cama…

Fulgencio S. García.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Berta



— « Por cierto, ¿hoy es domingo? »
El vigilante del museo se quedó helado. La tapa del sarcófago se había abierto y la momia le había hablado. Cayó redondo al suelo y el metal de las llaves y la linterna, en un momento, pusieron banda sonora al silencio sepulcral.
Y como no pudo contestar me encerré de nuevo, moví el amasijo de vendas y me acomodé y volví a dormir mi siesta. Si no era domingo todavía, Berta no se habría dado cuenta de mi ausencia.


Fulgencio S. García.

¿Qué es esto?


Partió de madrugada, como estaba previsto. Un caballero andante, según las reglas de la caballería, no podía dormir – cuando se lo permitía su disposición – más allá del alba, y nunca se había de acostar antes que el señor de la casa. En aquélla le habían tratado bien, así que dejó un trozo de cuero de la faltriquera con un “gracias” escueto bajo el catre, y partió. Su búsqueda debía continuar, y tenía la corazonada de que aquel iba a ser el día. Después de sus oraciones siguió los rituales del vestirse y, sin más, montó y partió. Le habían asegurado que en aquellos parajes vivía el último ejemplar de su especie y quería encontrarlo.

Su escudero, algo analfabeto y pueblerino, le seguía a distancia prudencial, con la queja continua en la boca por el hambre y las incomodidades que le imponía el oficio. Como siempre. Estaba medio dormido, ya que el alba todavía no dejaba paso al sol; había ensillado de manera poco efectiva ambas monturas, y notaba cómo su silla se deslizaba hacia atrás sobre el lomo de su jamelgo. Avisó por dos veces a su señor de que debían detener la marcha unos minutos, aunque no fue por las voces por las que el amo paró. En lontananza se perfilaba algo más grande que un caballo, algo más mágico.

— ¿Qué es esto?

Preguntó al aire el caballero, a sabiendas de que la respuesta solo estaba en su mente.

— Un unicornio… - susurró para sus adentros.

El escudero le miró absorto y esperó la reacción del amo. Él quería ir hacia el animal, tocarlo, cogerlo y ensillarlo, para poder comprobar si todas las leyendas e historias que había oído de boca del de la espada ligera eran ciertas o no.

— Nunca había visto uno de cerca – su señor seguía ensimismado.
— ¡Qué bonito!
Exclamó el pobre diablo, sin darse cuenta de que su atronadora voz asustaba a la aparición, que se dio media vuelta y trotó hacia el amanecer. A lo que el señor al ver que el fin de su búsqueda, la razón de su peregrinaje a aquellas tierras se esfumaba igual que había aparecido, montó en cólera y, rugiendo como un león, desenfundó la espada y amenazó a su escudero con darle muerte de inmediato por su imprudencia y poco saber estar.
— ¡Vete, vete!

A lo que el pobre desgraciado, sin entender el por qué del enfado de su señor, dio media vuelta y solo pudo mascullar entre dientes:

— Lo siento





Fulgencio S. García.

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