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viernes, 15 de octubre de 2010

El Engendro

El doctor Melonino no salía de su asombro. En sus más de veinticinco años de obstreta nunca había visto nada similar. Pero la ecografía y las radiografías que tenía delante no dejaban sitio a la incertidumbre, sin lugar a dudas el feto de cuatro meses y medio que portaba la señora Palomares presentaba unas extrañas protuberancias, al parecer óseas, en las sienes y entre los ojos. Era algo inexplicable. En la revisión rutinaria de los cuatro meses había observado algo raro, por ello mandó realizar unas pruebas adicionales a los quince días, ahora el fenómeno se había desarrollado de manera inobjetable.

Revisó con cuidado todas anormalidades y complicaciones documentadas sobre fetos de esa edad y no encontró nada igual, salvo que ese niño estuviese convirtiéndose en rinoceronte dentro de su madre, no había ninguna explicación a la deformidad que se estaba creando.

Consultó con otros expertos y mandó las ecografías y placas a personalidades médicas de medio mundo con resultados desesperanzadores, nadie sabía lo que le estaba sucediendo al pequeño de la señora Palomares.

Llegados a este punto no quedaba más que comunicar el problema, si es que lo era, a los padres de la criatura. El feto mostraba todos los parámetros medibles perfectos, el embarazo se desarrollaba con una pasmosa normalidad. Pero algo estaba creciendo sobre su carita.

El señor Pellicer y la señora Palomares, padres de la criatura, se alarmaron razonablemente al conocer el problema, pero tras conocer que el embarazo no corría peligro y que presumiblemente acabaría felizmente y entonces se podría tratar el problema quedaron algo más tranquilos. El doctor Melonino les dijo que harían un seguimiento semanal y pruebas adicionales conforme el crecimiento del feto lo fuera permitiendo para establecer la causa y el alcance del problema.

A los dos días el doctor Melonino recibió a una dama entrada en años que se identificó como la madre de la señora Palomares.

- Usted me dirá señora.
- Mi hija me ha contado la complicación con su embarazo y creo saber la causa del problema.
- No me diga, no me diga, ¿y cuál es esa causa, señora?
- Pues que mi yerno es un completo imbécil y el niño le está saliendo a él, medio bestia y medio persona. No sé qué vio mi hija en semejante mostrenco. Sin ese cretino hubiese llegado a ministra con total seguridad. No sabe usted qué notas sacó en la carrera. Cuando terminó se la rifaban en todos sitios, hasta la llamaron de una empresa alemana. Pero ella se enamoró de ese pazguato que no acabó la EGB y que la ha encerrado en su casa.
- Terrible sin duda - interrumpió el doctor Melonino harto de la monserga de la señora – pero no veo la relación.
- Allá usted, pero yo investigaría por dónde le indico. De semejante pasmarote no puede salir nada bueno. Con lo que prometía mi hija.

El doctor Melonino se deshizo como pudo de aquella señora tan pelma y estuvo un rato mirando por la ventana reflexionando sobre el extraño caso del hijo de la señora Palomares.

Mucho más extrañado se quedó al día siguiente cuando la propia señora Palomares entró en su consulta asegurando que ella también sospechaba sobre la causa de la anormalidad fetal que portaba.

- Mire doctor, es difícil para mí explicarle esto, pero creo que el problema proviene de los genes de la familia de mi marido. Tiene usted que ver a sus dos hermanas, mis cuñadas, son muy feas, dos monstruos casi. Y eso que se han operado de casi todo lo operable. Le aseguro que no son fáciles de mirar. Eso debe ser una desviación genética y mi pobre hijo la ha heredado y se manifiesta con esa especie de cuernecillos que le están saliendo.
- Ya veo, ya veo… lo tendré en cuenta no se preocupe, váyase a casa y descanse.

El doctor Melonino estaba perplejo, pero mucho más asombrado se quedó cuando estaba tomando café en la cafetería del hospital y le abordó el señor Pellicer.

- Perdone que le moleste doctor pero creo mi deber explicarle el motivo de los problemas de mi hijo.
- No sé por qué pero me lo estaba imaginando.
- ¿cómo dice?
- Nada, nada, dígame ¿quién es el culpable según su teoría?
- Mi suegra. Mi suegra se cree el colmo de la elegancia pero en realidad está como cabra. Está como un cencerro créame.
- Ya, y usted cree que se trata de un problema genético y su hijo lo ha heredado.
- Eso es.
- Magnífica ayuda caballero, ahora déjeme pensar y duerma tranquilo que yo me ocupo de esto.

Por supuesto el doctor Melonino no se sorprendió en absoluto cuando en dos días le abordaron dos señoras feísimas similares a cacatúas.

- Déjenme que lo adivine, ustedes son las hermanas Pellicer y sospechan conocer el origen de los problemas de su futuro sobrino.
- ¿cómo puede saberlo?
- Porque soy una eminencia. A ver, explíquenme su hipótesis, supongo que la madre tendrá algo que ver, ¿es así?.
- Qué listo es usted, lo sabe todo, ya se ha dado cuenta. La deformidad sin duda está provocada por la ingente cantidad de canutos que se fumó su madre estando embarazada. Fumaba más canutos de Sánchez Dragó y su gato juntos.
- Asombroso. Eso sí que son canutos. Y de la genética ¿Qué me dicen?, ¿no tiene participación?. Hay quien piensa que sí.

Cuando se pudo desembarazar de las dos hermanas Pellicer, el doctor Melonino había tomado una determinación. Hizo llamar a la señora Palomares para unas pruebas urgentes.

Habían pasado casi tres meses desde que se descubrieron las alteraciones en la cabeza del feto. El embarazo se había desarrollado normalmente, faltaba poco para el parto. Las protuberancias habían crecido a la par del feto, pero no se podían observar bien por la posición de éste. Lo que era seguro es que no alteraban absolutamente ninguna de las demás características físicas y órganos vitales del futuro niño Pellicer Palomares y que éste se desarrollaba del todo normalmente salvo en lo que se refiere a los extraños salientes de su cabeza.

Fue entonces cuando el doctor Melonino convocó a los padres de la criatura a su consulta para explicarles los resultados de los últimos análisis realizados. Acudieron los padres acompañados de la madre de ella y las hermanas de él que insistieron en acompañarles.

- Me alegro que hayan venido,- les recibió el doctor Melonino- han de saber que encargué hace unos meses un análisis de ADN completo del niño y ya tenemos aquí los resultados. El análisis es concluyente: este niño no es humano.
- Lo sabía, es un extraterrestre – interrumpió la madre de la señora Palomares.
- Salvo que su hija esté pensando dar a luz en el espacio exterior este niño será murciano señora. –respondió molesto Melonino.
- ¿Qué es entonces?, ¿Un insecto? – El señor Pellicer estaba algo trastornado.
- Aquí el único insecto es el cerebro de algunas personas presentes. Se trata de algo muy extraño, este niño ha sufrido tal cantidad de mutaciones y de alteraciones cromosómicas que no puede ser considerado humano, ni siquiera de una raza diferente a las conocidas. Se trata de un ser perteneciente a una especie nueva, su ADN es tan similar al del Homo Sapiens como lo puede ser el de un chimpancé. Lo asombroso es que es una criatura viable, estamos en condiciones de afirmar que vivirá tras el parto. Lo que no tenemos muy claro es en qué consistirán las diferencias con todos nosotros, no obstante su fisonomía es prácticamente igual salvo las protuberancias en la cabeza y no hemos encontrado ninguna diferencia el cerebro. Deberemos esperar a que nazca para tener una idea más clara.

Pasadas tres semanas la señora Palomares dio a luz a la criatura Pellicer Palomares. Era un niño perfectamente normal salvo por un apéndice al parecer quitinoso que surgía de sus orejas y se apoyaba en su nariz tapándole los ojos, con dos extrañas aberturas por las que sin duda podría ver.

Había nacido Paquito Pellicer Palomares, el primer Homo Gafapastensis.

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